Estos días de julio además de fiestas, premios y distinciones hay causas que pasan desapercibidas: hechos en nuestras localidades cercanas que apenas si tiene eco y me siento impotente ante todo lo que sucede. Mi grito es el grito de la España que madruga, que produce y que, al final del día, se encuentra con las manos vacías y la sensación de estar sosteniendo un peso insoportable sobre la espalda.
Es una contradicción trágica lo que sucede y está sucediendo en la agricultura, en la ganadería y al pequeño comercio local a todos se les exige —que aguanten la burocracia, las normativas restrictivas, los costes de producción asfixiantes y los impuestos— mientras se les ofrece desprecio o indiferencia. Se les señala desde despachos con aire acondicionado, olvidando que la comida no nace en los supermercados, sino del sudor, los callos y la incertidumbre del clima y la tierra.
Nos exprimen en cada jornada, en cada surco, detrás de cada mostrador que lucha por no bajar el cierre. Nos acusan desde demasiados frentes, jueces de despacho que jamás han pisado el barro ni saben lo que cuesta levantar una persiana.
Subsistir en esta Mancha pobre es un milagro diario bajo el peso de impuestos que no devuelven nada. Para nosotros no hay pagas, no hay escudos, no hay ayudas; solo el abandono y la soledad de la llanura. Y yo me pregunto en mitad de este julio herido: cuando nos hayan asfixiado del todo, cuando las tierras queden yermas y los pueblos mudos, ¿quién va a pagar las pagas de los que hoy nos juzgan? ¿Quién sostendrá los chiringuitos de la palabrería? ¿Quién va a alimentar a los que predican el progreso si nos dejan con las manos vacías? Se nos olvida que se está produciendo un colapso rural sin futuro.
Mi voz es lo único que tengo, mi palabra para que al menos el silencio no sea el único que impera.
La tierra que se entrega en julio.
Si.
Julio es un gigante que viste de oro el horizonte
y tiñe de un verde indomable el vientre de las sandías.
Bajo el rigor de un sol que no perdona,
el melón se endulza en los surcos,
ajeno al dolor de quienes lo custodian.
Si.
Son las manos de mi gente.
Manos que son surco, que son costra,
endurecidas por la herencia de jornadas infinitas.
Hectáreas de sudor vistiendo la llanura,
con el único sueño de cosechar la vida,
de abrir los brazos al que llega,
de sembrar la dignidad que hoy nos arrancan.
Si.
Hay un vuelo de fantasmas.
Amanece.
Cantan las alondras su canto antiguo
mientras las cigüeñas blancas coronan el silencio
de las chimeneas muertas,
de aquellas alcoholeras extintas que un día fueron progreso.
El tiempo vuela, implacable,
y las generaciones se pasan el testigo con las manos gastadas,
repitiendo un eco que nadie parece escuchar.
Si.
Es una promesa rota
Pero es julio, y el aire huele a herida.
Las noticias traen la crónica de la miseria:
robos en el campo que sangra y arruina,
robos en las calles que callan,
robos en las tiendas que bajan el cierre.
Y la promesa de prosperidad se quiebra,
sobornada por la palabrería inútil de los despachos,
por ese progreso de papel y discurso
que solo nos deja la certeza de la intemperie,
el despojo de la paz y el fin del trabajo.
Si.
Aquí la honestidad ya no tiene patria,
la integridad es un estorbo,
y el sudor de los justos es la burla de los necios.
Se nos muere la ilusión en la boca,
porque a nadie le importa ya la realidad de la tierra.
Y solo queda el vacío y el olvido.
No lloramos. No sabemos mendigar comprensión.
El orgullo manchego es una piedra que no se dobla.
Pero los pueblos, mudos, se van vaciando,
desangrados de su juventud, despojados de su nombre.
Si.
Se vuelven páramos solitarios,
espejos de nuestros propios ancianos:
esos que hoy habitan la penumbra de la soledad,
o que esperan el final, aparcados,
en las esquinas frías de residencias
donde nadie, jamás, soñó con vivir.
Es la tristeza infinita de la llanura:
la tierra sigue dando sus dones,
pero los hombres ya solo cosechan el olvido.
Si.
Soy chimenea apagada.
Epílogo sin nombre.
Escribo como escribe la ruina:
como esa chimenea que ya no sirve de mucho,
un perfil de ladrillo recortado en la distancia
al que la gente mira de lejos, casi sin ver el fondo,
sin saber que un día fue fuego y progreso
y hoy es solo belleza abandonada.
Si
Sé quién soy en este mes de julio.
Tan solo una mujer que ha gastado sus días
poniendo voz al silencio de los que callan,
custodiando la memoria en mitad de la solana.
Me quema el calor y me quema la impotencia
de saberme sola frente al invierno de mi gente,
sin fuerzas para detener este declive,
este desgarro lento de los míos y de mi tierra.
Pero sigo escribiendo.
Aunque nadie mire,
aunque el humo ya no vuelva.
Natividad Cepeda












