No sé de qué manera puede influir la edad en los rincones de la memoria, pero me sorprende la claridad con que recuerdo algunos hechos acaecidos cuando apenas era un crío.
Aquella tarde de junio de mil novecientos sesenta y siete estaba en la peluquería donde habitualmente me cortaban el pelo y supongo que hacía también bastante calor.
El modesto establecimiento que daba esquina a las calles Mediodía y los Mártires estaba regentado por un barbero evangélico, aunque nosotros simplemente decíamos que era protestante.
Ya por entonces existía en el pueblo una pequeña comunidad que profesaba la doctrina de la reformas de Lutero y, aunque raros, pues lo normal era ser católico, apostólico y romano, eran aceptados plenamente por el vecindario.
Aparte del habitual cotilleo de los parroquianos, también sonaba la radio. Y recuerdo que, a pesar de mis once años, me sorprendió escuchar la noticia de la nueva guerra entre Israel y los países árabes, una crónica que se repetía desde primeras horas de la mañana. Las primeras imágenes que pude imaginar fueron una batalla convencional en el desierto, sin embargo, fue la fuerza aérea israelí quien inició una serie de ataques preventivos ante una posible invasión de Egipto.
El efecto sorpresa fue definitivo para que Israel demostrara su potencial militar en la llamada guerra de los Seis Días. En aquellas fechas, el carismático militar Moshé Dayán fue la imagen visible de la victoria judía. En la tele aparecía un héroe que, por su parche en el ojo, nos recordaba más a un pirata ante la mirada infantil.
Ahora que han pasado tantos años y que los conflictos en la zona se han repetido constantemente, no hace falta echar mano de la imaginación porque los noticiarios nos muestran imágenes de una destrucción desoladora.
La guerra, las guerras, nunca son justas y ni siquiera son épicas como nos cuentan los clásicos, pues las guerras conllevan siempre desastre, dolor y fracaso. De aquellas supuestas batallas en el desierto con jeep y cañones de un imaginario infantil hemos pasado a operaciones selectivas, pero también a la destrucción total de barrios o poblaciones enteras.
Ocasionalmente y siempre que la actualidad lo requiera aparecen en los telediarios imágenes de ciudades completamente arrasadas, asoladas, devastadas y mil adjetivos más. Edificios convertidos en amasijos de hierro y hormigón se acumulan en un paisaje seco y destruido por las bombas, lugares inhóspitos por donde deambula algún niño perdido o un anciano buscando no se sabe qué. Imágenes más propias de una película de ciencia ficción, iconografía del apocalipsis que ya ni siquiera nos emociona porque son la norma o porque pensamos que nos quedan muy lejos.
De aquel tiempo también es la guerra de Vietnam que duró veinte años y que marcó a toda una generación, imágenes de mi infancia y adolescencia en la tele en blanco y negro de una jungla arrasada por el napalm y una foto en la retina de aquella niña vietnamita corriendo despavorida y llena de quemaduras.
Otro acontecimiento que recuerdo con nitidez y que debió suceder por aquellos días fue la llorera que cogí al leer un libro. Concretamente me refiero a la novela de Harriet Beecher Stowe titulada «La cabaña del tío Tom». Lo que me pude emocionar leyendo aquel relato sobre esclavos y las injusticias que sufrían. Supongo que mi mente infantil difícilmente podía soportar tanta maldad e inmoralidad.
Sacar aquel ejemplar de la biblioteca de préstamo que se instaló en el centro de Cachiporro me debió costar unas pesetas, pero era el condicionante necesario para que devolviésemos el libro.
Después de aquella lectura y, aunque otros libros me han emocionado, yo creo que apenas he vuelto a llorar, tampoco en otros acontecimientos luctuosos donde podía haber dado rienda suelta a los sentimientos, por eso creo que debo tener sequía de lágrimas, porque me cuesta un mundo expresar algunas emociones.
Ahora, en estos tiempos que corren, y como si no hubiésemos aprendido nada, siguen latentes multitud de conflictos bélicos, publicitados u opacados en los medios de comunicación en función de los intereses de los poderosos.
Tampoco los ciudadanos somos inocentes ante las injusticias y la indignidad, pero en nuestro descargo, tampoco podemos asumir tanto desastre y el descaro de aquellos que negocian con el destino de tantas personas tratando de hacernos partícipes.
En estos días de estío, aparte del calor, me vienen a la memoria estos recuerdos que de vez en cuando me asaltan anunciándome que se acerca la vejez. Que ya no soy aquel niño ingenuo o llorón que se emocionaba por cualquier cosa.
Y para no perder el hábito, en este caluroso verano sigo releyendo con curiosidad al prolífico Francisco Umbral, tal vez un escritor pasado de moda, pero no por sus ácidos comentarios que bien pueden aplicarse a los momentos actuales <<La política no va mal ni bien. Va mediocre.>>
Poner distancia frente a la cruda realidad no solo me resulta incómodo, también, y a ratos, me genera desasosiego.
Rafael Toledo Díaz













