Durante décadas, las casas de campo de Tomelloso han formado parte inseparable de la imagen de la llanura manchega. Estas construcciones, hoy convertidas en auténticos testigos del pasado agrícola de la localidad, nacieron de una necesidad práctica: ofrecer refugio a los agricultores durante las largas jornadas de trabajo en parcelas cada vez más alejadas del casco urbano y proporcionar cobijo a los animales que entonces eran imprescindibles para las labores del campo.
El crecimiento de las plantaciones de viña y la expansión de las tierras cultivadas hicieron necesario disponer de espacios donde los agricultores pudieran descansar, almacenar herramientas y proteger a las mulas durante las temporadas de mayor actividad agrícola, especialmente en épocas de poda, vendimia y otras faenas tradicionales.
Antes de la llegada de los primeros tractores, alrededor de finales de la década de 1950, eran las mulas las protagonistas del trabajo agrícola y los carros y carretas los medios habituales de desplazamiento y transporte. La distancia entre las parcelas y Tomelloso obligaba en muchas ocasiones a permanecer durante días o incluso semanas en el campo, haciendo imprescindible la existencia de estos pequeños refugios.
Las primeras construcciones eran sencillas y funcionales. Levantadas con las piedras calizas procedentes del propio subsuelo de las tierras, contaban habitualmente con una chimenea y un espacio destinado al descanso de las mulas. Eran edificios humildes, sin habitaciones propiamente dichas, donde los agricultores dormían sobre el suelo utilizando mantas y los enseres que llevaban consigo.
Con el paso del tiempo, estos pequeños refugios evolucionaron hacia casas de mayor tamaño y mejores condiciones. La aparición de los bombos permitió ampliar las posibilidades de estancia en el campo, especialmente al disponer muchas parcelas de pozos de agua que facilitaban la permanencia durante más tiempo.
Posteriormente surgieron construcciones más amplias e incluso agrupaciones de varias casas pertenecientes a distintos agricultores, algunas de ellas con presencia permanente de empleados o mayorales encargados del cuidado y mantenimiento de las explotaciones.
Las casas de campo del agricultor autónomo también fueron mejorando progresivamente. La llegada de los tractores, la mejora de los sistemas de riego y la disponibilidad de agua permitieron transformar estos espacios en auténticas estancias rurales, más cómodas y adaptadas a las necesidades de quienes trabajaban las tierras.
Estas construcciones llegaron a convertirse en una parte esencial del paisaje agrícola de Tomelloso, con sus fachadas blancas encaladas y sus árboles de sombra alrededor, ofreciendo una imagen característica y reconocible dentro de la inmensa llanura manchega.
Sin embargo, la transformación de la agricultura y los cambios en la propiedad de las parcelas han provocado que muchas de estas casas hayan perdido su función original. La mayor movilidad que ofrecen actualmente los vehículos y la maquinaria agrícola ha reducido la necesidad de permanecer durante largos periodos en el campo, especialmente en aquellas superficies más alejadas del término municipal.
Tomelloso, cuyos agricultores han trabajado históricamente tierras situadas en más de once términos municipales, cuenta todavía con numerosos ejemplos de estas construcciones, aunque muchas han pasado de ser lugares de estancia habitual a convertirse únicamente en refugios ocasionales o incluso han desaparecido por abandono.
La desaparición progresiva de algunos bombos y casas de labor supone la pérdida de una parte del patrimonio rural de Tomelloso, aunque todavía es posible contemplar numerosas construcciones que conservan la esencia de aquella época en la que el campo marcaba los ritmos de vida y trabajo.


Un estudio de las casas de labor existentes permite observar la diversidad de tamaños y tipologías. Entre las más tradicionales se encuentran las conocidas como “chozas”, construcciones de una sola vertiente con superficies aproximadas de entre 25 y 35 metros cuadrados. También son frecuentes las casas de entre 45 y 60 metros cuadrados y las edificaciones a dos aguas, que pueden alcanzar alrededor de 100 metros cuadrados.

En los casos de mayor tamaño aparecen casas de dos naves contiguas con superficies que oscilan entre los 150 y los 345 metros cuadrados. Además, el espacio ocupado dentro de la parcela puede ser mucho mayor debido a la presencia de pozos, pequeños almacenes, zonas de sombra y otros elementos vinculados a la actividad agrícola.
Las mediciones realizadas sobre distintas parcelas muestran superficies ocupadas que pueden ir desde los 150 metros cuadrados hasta alcanzar los 1.687 metros cuadrados en algunos casos.
Más allá de su valor funcional, las casas de campo de Tomelloso representan hoy un legado histórico y paisajístico. Sus paredes encaladas, sus patios, sus árboles y su integración con la tierra siguen ofreciendo una de las estampas más singulares del entorno rural manchego, recordando una forma de vida ligada al esfuerzo, al campo y a la tradición agrícola.













