Abre la puerta
de par en par madre
que despacio flota
el olor a mosto
por el sol dorado
en el aire
en éste calor que quema
el manchego rostro
a finales de agosto,
guardando alma
el fruto
que en su madurez
sangra
en el hondo latir
que dibuja
en el paisaje la viña
de la castellana llanura,
surco fiel
en el pecho manchego.
Inquieta
es la danza
que el aliento del viento
vuelve lento el vino
e inunda
el cáliz de la cosecha
que con amor besa
entre doradas pampanas
de bendecidas «ugüas»
mientras pienso
en el manjar
que podría llegar a ser
el sentarme
a merendar
en el sabio
y nudoso regazo
de alguna cepa del camino,
brindando con la tarde
el bocado humilde
que se abre
entre los canteros
de medio pan bendito…
un buen chorreón de arrope
más dulce que la miel
con un puñadito de nueces
y un trozo de buen mostillo,
suntuoso
santo pacto
de miejon y tierra
al atardecer,
dulce soplo «mosteaejo»
que perfuma mi paladar
en la dorada tarde de vendimia, olvidando las horas
por la besana
que la vid abraza,
suspendiendo el tiempo
donde duerme el sarmiento
que la uva mece y acuna
entre pliegues
de pañuelos de hierbas
y recuerdos de manos
que de los racimos abrazan
el peso del fruto
sobre tierra de oro viejo
en vendimia
que a mosto huele,
respira y canta.
Paloma Jiménez Lara












