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El día que un homenaje a Fausti Moreno me devolvió a Ana Ruiz-Moyano y mis años de violín

Artículo de Sergio Bernao

El pasado domingo acudí como periodista de Cuadernos Manchegos al homenaje a los Tomelloseros Ausentes. Mi intención era la de siempre: contar lo que allí sucediera, recoger las emociones del acto y trasladar a nuestros lectores una jornada importante para quienes, aunque un día tuvieron que marcharse, siguen llevando a Tomelloso muy dentro.

Pero el periodismo tiene a veces esos momentos que no están escritos en ninguna agenda.

Momentos que no aparecen en una nota previa ni en el programa del acto. Momentos que simplemente suceden.

Y ese día ocurrió uno de ellos.

Durante el vídeo dedicado a Fausti Moreno, uno de los homenajeados, apareció una persona que hacía muchos años que no veía: Ana Ruiz-Moyano, mi profesora de violín.

Reconozco que no me lo esperaba. Fue uno de esos instantes en los que estás mirando una pantalla como periodista, intentando captar todos los detalles, y de repente algo te toca por dentro. La mirada cambia. Ya no estás solo tomando notas. Estás recordando.

Y yo recordé.

Recordé aquellos años en los que acudía a sus clases de violín. Creo que eran los sábados, aunque han pasado tantos años que la memoria a veces mezcla fechas y detalles. Pero hay cosas que permanecen intactas: la sensación de llegar a clase con ganas de aprender, el respeto que le tenía a Ana y esa mezcla de ilusión y dificultad que suponía enfrentarse a un instrumento completamente nuevo para mí.

Por entonces la música ya formaba parte de mi vida. Llevaba años tocando la guitarra flamenca, que todavía hoy sigue siendo una de mis grandes pasiones. Quizá por eso el violín supuso un contraste enorme.

Con la guitarra tenía una conexión que venía de tiempo atrás. El violín era otro mundo.

Un instrumento precioso, con una capacidad increíble para emocionar, pero también tremendamente exigente. Desde fuera parece sencillo: un arco, unas cuerdas y un sonido que parece salir casi solo. Pero cuando eres tú quien tiene que hacerlo sonar descubres la realidad.

Había que aprender a colocar el arco, controlar cada movimiento, buscar la posición correcta y conseguir que aquello empezara a parecerse a música.

Recuerdo especialmente lo mucho que me costaba el movimiento de la muñeca. Era algo completamente diferente a tocar la guitarra. También recuerdo una pequeña “batalla” que hoy me hace sonreír: tener que cortarme las uñas para poder tocar bien el violín. Para alguien acostumbrado a la guitarra, aquello era casi un pequeño sacrificio.

También recuerdo preparar el instrumento, poner la resina en las crines del arco y esperar que, poco a poco, aquel sonido que parecía escaparse empezara a aparecer.

Tenía buen oído, eso sí. Siempre he creído que esa parte me ayudaba. Pero pronto entendí que en el violín no basta con escuchar. Hay que tener paciencia, disciplina y muchas horas detrás.

No fue fácil. Hubo momentos en los que avanzar costaba mucho. El violín exige mucho más de lo que uno imagina cuando simplemente escucha a alguien tocarlo bien.

Pero al final lo conseguí.

Con esfuerzo y, sobre todo, con la ayuda de Ana, terminé sacándome el grado elemental de violín, una etapa que creo recordar que duró alrededor de cuatro años.

Después, la vida siguió su camino. La guitarra continuó siendo mi gran compañera musical y el violín quedó como una etapa maravillosa, aunque no llegara a convertirse en mi instrumento principal.

Pero eso no significa que aquellos años no fueran importantes.

Todo lo contrario.

Porque hay personas que pasan por nuestra vida dejando una huella que permanece mucho después de la última clase. Y Ana fue una de ellas.

Más allá de enseñarme música, fue una profesora cercana, paciente y, sobre todo, una magnífica persona. La relación entre profesor y alumno tiene algo especial cuando existe esa conexión que va más allá de los ejercicios y las partituras.

Mientras cubría un homenaje dedicado a personas importantes para Tomelloso, apareció también una persona importante en mi propia historia.

Un vídeo dedicado a Fausti Moreno consiguió algo que no esperaba: devolverme durante unos minutos a aquella época de mi juventud, a las clases de violín, a los primeros sonidos, a los errores, a los pequeños avances y a una profesora que recuerdo con enorme cariño.

Quizá esa sea una de las cosas más bonitas que tiene la música. Que nunca desaparece del todo. Puede quedarse guardada durante años y, de repente, una imagen, una persona o una emoción consigue que vuelva a sonar.

Ese día fui a contar una historia y terminé reencontrándome con una parte de la mía.

Y cuando salí del homenaje pensé que, al final, la memoria también tiene sus propias melodías.

La del domingo tenía nombre y apellido: Ana Ruiz-Moyano.

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