Es curioso pensar que esa sensación de soledad, de escasa vegetación, de visiones inesperadas de casas de campo dispersas, retirados de las poblaciones en un territorio homogéneo, serio, formal con su propia personalidad, permita proporcionar un pensamiento de tranquilidad , calma, sosiego, paz y de recuerdo inolvidable.
Nuestra llanura impresionante, con pocas grabaciones de variación en las altitudes, da la primera imagen que nos encontramos, pero, aún lo es más, donde en el mayor supuesto aislamiento de tierras y de parcelas, aparecen síntomas de vida , de existencia humana con la presentación de indicios y pistas donde admiramos algo tan sencillo, tan simple y tan especial como habitáculos camperos, representados por los ya conocidas y personales construcciones de los llamados bombos, como refugios del agricultor.
Pero, no solamente los bombos dan una imagen personal del llano, sino también, cuando echamos un vistazo de una superficie llana de suficiente extensión nos aparecen unas pequeñas, diminutas y cariñosas pequeñas casas de escasa superficie de forma cuadrada o rectangular, que dan la impresión de haberse instalado por sí mismas en medio de tal amplitud, con una blancura alarmante que destaca en el paisaje.


Así es nuestro paisaje, bello, espectacular que resulta ser inolvidable y merece nuestro mayor respeto y más cuando, además, nos personamos en alguna de las pequeñas casas en determinadas parcelas, donde observamos la sencillez de la construcción y su contenido, con su simple chimenea, su pequeño espacio, su mesa y su cama de siesta y cuando sales al exterior y observando el paisaje, con sus geométricas plantaciones de viñedo, que incluso sus cepas, dueñas del cielo y de la tierra, que parecen tener intención de obligarnos a contemplar su belleza, hacen sentirte libre, salvándote del agitado mundo humano.

Esa sensación que hemos sentido en muchas ocasiones y que en esas oportunidades he abusado de hacerlo, lo he realizado cuando, paseando por algún camino, lo suelo hacer con bastante frecuencia.
Simplemente desvío el coche, me acerco a la puerta de la blanca casas y, de pie, con los brazos caídos en el cuerpo, muevo la cabeza de arriba hacia abajo, de un lado a otro y el sentimiento es inolvidable y no encuentro una palabra que pueda definir tal sentimiento y la respuesta que mejor cuadra con esa visión no es otra que la de F E L I C I D A D.

Bravo por nuestros bombos y nuestras blancas casa de campo que consiguen aportar la belleza desconocida y escasamente valorada y entendida por nosotros mismos.
Porque se hace necesario tener la predisposición de la necesidad de saber valorar nuestros espacios agrarios manchegas que, siendo tan simples, tan sencillos, tan naturales, acompañan a valorar la indiscutible belleza de nuestros paisajes de la llanura manchega.












