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viernes, enero 2, 2026
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Navidad: un momento para detenerse y apreciar lo que nos conecta de verdad

Era una noche fría de diciembre, de esas en las que la nieve cae despacito y cubre todo de blanco. Las casas se veían iluminadas, llenas de calidez, mientras afuera hacía un frío de los que calan. En una de esas casas, dentro de un salón pequeño pero acogedor, la familia de Marta se preparaba para celebrar la Navidad. La chimenea estaba encendida, su luz dorada llenaba el lugar, y el aire olía a pino y a tarta recién horneada. La mesa, llena de comida casera, era lo que más llamaba la atención, pero lo que de verdad hacía especial esa noche era esa calidez que se sentía en el aire.

Marta observaba a su familia: a sus padres, a sus hermanos, a sus abuelos. Todos estaban allí, juntos, compartiendo el mismo espacio, el mismo amor. Eran esos momentos que no se pueden comprar, ¿sabes? En un mundo que no para nunca, donde todo va a mil, la Navidad llegaba para hacerles detenerse un rato, mirar a los ojos a los demás y recordar lo que realmente importa: la familia, los abrazos, el amor.

Su madre, con las manos llenas de harina, les sonrió desde la cocina. Marta no podía evitar recordar tantas Navidades pasadas, en las que su madre le cantaba villancicos mientras decoraban el árbol. Ese amor constante de su madre, siempre tan presente, era lo que más atesoraba. Los sacrificios que había hecho por ella, los abrazos que le daba en sus peores momentos… Todo eso no tiene precio. Y su padre, en su sillón favorito, sonriendo tranquilo, con esa mirada llena de cariño. A veces, no hacía falta ni hablar, solo sentir que estaba allí. El amor de los padres es ese que nunca se acaba, ese que siempre te apoya, sin pedir nada a cambio.

Pero en medio de todo eso, Marta notó algo que la hizo parar a pensar. Su hermano Pablo, el más pequeño, estaba totalmente absorbido por su teléfono, deslizando la pantalla sin parar. Un par de primas, que también estaban en la cena, no dejaban de mirar sus tablets, mandando mensajes a sus amigos. Las pantallas, que se supone deberían acercarnos, en ese momento los separaban. Marta sintió como una punzada en el pecho. ¿Cómo podía ser que, en una noche tan especial, rodeados de tanto amor, todos se metieran en su propio mundo virtual?

Recordó aquellos tiempos en los que la Navidad era estar todos juntos, sin distracciones. Las charlas se alargaban, los abrazos no tenían prisa, las risas eran genuinas, salían de verdad. Pero ahora, parecía que todos estaban más pendientes de las notificaciones y de ese otro mundo, que no podía reemplazar el calor de un abrazo real. La tecnología, aunque nos da herramientas geniales, también nos ha robado algo muy valioso: nuestra capacidad de estar realmente presentes.

Marta suspiró y, con voz suave pero firme, se levantó y dijo algo que sorprendió a todos:

¿Qué les parece si dejamos los teléfonos y las tablets a un lado solo por esta noche? Solo por esta noche. Vamos a disfrutar de la compañía, de los abrazos, de las historias que hace tiempo no compartimos. La Navidad está aquí, y es en este momento, cuando debemos valorar lo que realmente importa.

Hubo un breve silencio, y de repente, como por magia, todos empezaron a dejar los dispositivos a un lado. Los teléfonos quedaron sobre la mesa, las tablets se apagaron. En ese instante, el salón se llenó de una calidez aún mayor. Las conversaciones fluyeron sin interrupciones, los niños se reían, los adultos compartían anécdotas de otros años, y los abrazos parecían multiplicarse.

La Navidad no necesitaba ser filtrada a través de una pantalla. No necesitaba likes ni comentarios. La Navidad estaba aquí, en los corazones de todos los que compartían el mismo espacio, el mismo amor. Y por un rato, el mundo virtual se quedó atrás. El mejor regalo no estaba en los dispositivos, sino en la presencia, en la gratitud y en el amor familiar.

Esa noche, Marta se acostó con una paz profunda. Sabía que la Navidad no era solo un día del calendario. Era un recordatorio de lo que de verdad importa: estar juntos, amarnos, agradecer cada momento vivido. Porque, al final, los momentos más hermosos no se capturan en una foto, se viven con el corazón.

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