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sábado, enero 10, 2026
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Roscón de Reyes: el dulce que corona enero… y esconde un “castigo” y un premio

Del clásico con fruta escarchada a los rellenos más modernos, el roscón mantiene el juego: “quien encuentra la figura reina; quien encuentra el haba paga”.

Hoy se habla de roscón de Reyes como se habla del frío y de las luces: con la sensación de que, pase lo que pase, es parte del calendario. En muchas casas se repite la misma escena, casi automática: caja en la mesa, cuchillo listo y la frase que siempre cae, dicha con media sonrisa: “hoy toca roscón de Reyes”. No es solo un bollo; es un ritual comestible que huele a reunión y a sobremesa.

Tipologías: del roscón “de toda la vida” a las versiones actuales

El roscón ha aprendido a convivir con gustos y bolsillos distintos sin perder su forma de corona. El más reconocible sigue siendo el clásico, con fruta escarchada, almendra y azúcar por encima, y una miga aromática con notas de cítricos y agua de azahar. A su lado, gana terreno el roscón sin frutas, pensado para quienes apartan “los tropezones” con paciencia quirúrgica.

En las vitrinas también manda el relleno. Aparecen opciones como el roscón de nata, trufa, crema pastelera o chocolate, cada uno con su público fiel y su explicación sencilla: hay quien busca ligereza y quien quiere merienda contundente. Además, se consolidan alternativas para necesidades concretas: versiones sin gluten, sin lactosa y propuestas veganas, que adaptan ingredientes sin renunciar al gesto de partir la corona y compartirla.

En cualquier formato, la idea se mantiene: es un dulce de celebración, con estética de fiesta y un punto de juego. Porque el roscón no solo se come: se descubre.

Por qué hay habas y qué figuras se han escondido dentro del roscón

Dentro del roscón, la tradición guarda dos sorpresas con papeles muy distintos: el haba y la figura. El haba funciona como el giro humorístico de la ceremonia. En muchas familias se resume en una sentencia que pasa de generación en generación: “quien encuentra el haba paga el roscón”. Y ahí está el encanto: nadie quiere que le toque, pero todo el mundo mira el trozo ajeno con curiosidad.

La figura, en cambio, representa el premio simbólico. Cuando aparece, se celebra como si saliera un pequeño tesoro. En no pocas mesas se corona al afortunado con una corona de cartón y se le llama, entre risas, “el rey por un día”. Esa dualidad —recompensa y “penitencia”— convierte un desayuno en un juego familiar que engancha, sobre todo, a los más pequeños.

En cuanto a las figuras, han cambiado con el tiempo. Han existido piezas de cerámica o porcelana en épocas pasadas, y hoy abundan figuritas más ligeras y variadas: reyes, personajes navideños e incluso miniaturas temáticas según la pastelería. Lo esencial no es la forma exacta, sino lo que provoca: ese segundo de suspense cuando el cuchillo corta y alguien dice “a ver qué ha tocado”.

El porqué de esta tradición: una costumbre que se mantiene por algo muy simple

La razón de que esta costumbre siga viva es menos solemne de lo que parece y, a la vez, más poderosa: crea conversación. El roscón obliga a parar, a repartir, a mirar, a bromear. Tiene algo de pacto familiar: se comparte un dulce y se acepta el juego. Por eso, aunque cambien los rellenos y las dietas, el gesto permanece.

Hoy el roscón de Reyes sigue siendo noticia doméstica porque mezcla lo que mejor resiste el paso del tiempo: comida, suerte y compañía. Y quizá por eso, cuando alguien encuentra el haba y protesta con teatro, la mesa responde como siempre, con una frase que ya es tradición dentro de la tradición: “las reglas son las reglas”.

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