
Por su formato específico de sencillez o facilidad algunas redes sociales digitales han terminado siendo el espacio virtual donde se comunican y opinan los ciudadanos de más edad. Y aunque es notorio el explícito cotilleo en algunos grupos, y que la publicidad campa a sus anchas, quiero pensar que los debates son menos intensos que en otras plataformas más escuetas y agresivas. Por eso, y desde mi punto de vista, Facebook es un instrumento para comunicarnos y compartir en la distancia algunos temas que nos preocupan e interesan.
Esta conexión social supuestamente permite «ciertas libertades» en sus contenidos o al interactuar, aunque de vez en cuando se activará algún algoritmo que te hace la puñeta y bloquea o elimina algún comentario inocuo, pero que la fórmula no entiende.
Pero a pesar de los inconvenientes, en las publicaciones o feed se muestran poemas, fotos, relatos, artículos, vídeos, críticas de cine o teatro, eventos, manifiestos, etc. De aquella manera y, aunque frívolamente, se puede democratizar un poco la literatura. En estas plataformas el autor novel o profano tiene la posibilidad de expresarse y, a la vez, que podamos seguirle y compartir su obra mostrando opiniones o puntos de vista a través de comentarios amables o críticos.
También en el enorme escaparte se suele encontrar a los habituales usuarios que se aburren y exponen todo, desde cuestiones personales e íntimas a cientos de chorradas y ocurrencias o, simplemente, son transmisores de chistes zafios y manidos; otros cansinos repiten y repiten contenidos en bucle. Pero como cuento, también sirven para curiosear y entretenerte ojeando esta anárquica miscelánea para «formarte» una opinión sobre la sociedad que nos rodea.
Por supuesto que a pesar de los bulos y las noticias falsas hay que tener un especial cuidado con la IA, porque esta herramienta está haciendo estragos. De repente te puedes encontrar un vídeo donde un toro bravo o cualquier fiera es acariciada por un espontaneo o, ante la calidad de la imagen, creer que todo aquello que ves es real y auténtico. A veces, y tras visionar cualquier paisaje más o menos exótico tengo la sensación de que esa realidad ni existe, es decir, la pantalla, a través de múltiples filtros, nos puede mostrar una belleza fantasma y utópica.

Reconozco que especialmente me interesan los contenidos sobre libros y publicaciones de índole cultural. Por eso siempre suelo curiosear en los comentarios que participan en el debate y así puedo comprobar que, en la mayoría de las ocasiones, tampoco existe el consenso. Aparecen círculos donde las posiciones están tan polarizadas como en la política; todo es blanco o negro y apenas hay matices de color, ni siquiera de grises.
A veces me entretengo con la publicación de algunos autores jóvenes. Por ejemplo, me sorprende el éxito del ubetense David Uclés con su novela «La península de las casas vacías» que, personalmente me ha gustado, y no le pongo tantos reparos como algún otro plumilla le critica.
Sin embargo, tengo mis dudas sobre las secuelas que, más pronto que tarde, puedan afectar al polifacético escritor con tanta sobrexposición mediática. De momento ha reconocido que en su perfil y sobre su persona y obra recibe el halago de muchos, pero también la repulsión de algunos detractores con comentarios denigrantes.
Mientras tanto él sigue instalado en el éxito tras recibir el premio Nadal con su nueva novela titulada «La ciudad de las luces muertas». Si bien tampoco este premio está exento de polémica puesto que el autor ha cambiado de editorial. Además, y como bien cuenta en su libro «Personaje Secundario» Enrique Murillo, lo de los premios literarios no deja de ser un trapicheo y una pantomima entre editoriales y escritores de renombre. Ingenuos aquellos que se esfuerzan en enviar manuscritos a las grandes editoriales, ilusos tratando de concursar. Ojo, David Uclés está de moda, quizás aprovechando el tirón mediático para hacer caja, pero, ¿se quedará en el camino?… Lo veremos.
Otra polémica reciente que he visto en las redes y que me despierta la curiosidad ha sido la polémica que ha generado Enrique Vila-Matas y sus críticas contra las editoriales, del excesivo mercantilismo de estas empresas tan asociadas a la cultura donde, según él, últimamente prima más la novedad que la calidad literaria.
También ha recibido un reconocimiento el escritor catalán y, aunque de escasa duración, en su breve discurso dejó patente la importancia de la literatura más allá de rimbombancias de ilustrados. En la clausura, el galardonado Vila-Matas premio Zenda de Honor terminó diciendo: «En apoyo de ese espíritu, quiero creer que estoy, que estamos aquí hoy. El viejo espíritu de la literatura. De la literatura sí. Nada que tenga demasiada importancia, y quizás por eso precisamente tan interesante».
Qué comentar sobre las polémicas que suscitan o provocan en las redes escritores como Arturo Pérez Reverte o Javier Cercas con sus artículos e intervenciones. Porque como en otros muchos ámbitos y actividades existe la discrepancia, la provocación, el antagonismo o la disputa. Siempre hubo piques en el mundillo literario que le han dado salsa y picante a un entorno que pudiéramos creer sesudo y aburrido. Y ese debate, antes ajeno a la mayoría, se ha trasladado a las redes sociales; foros donde los afectos, interesados o agitadores manifiestan su admiración o repulsa, a veces pasándose de frenada con el insulto.
Hace poco me comentaba un buen amigo mi falta de actividad o poca participación, y me achacaba un conformismo ante la deriva actual. Dudo de su punto de vista, pues nunca fui tan osado como él cree. Ahora, si no tengo un texto nuevo para enseñar o compartir, me limito simplemente a bucear por esta babel virtual para hacerme una opinión o, simplemente, para entretenerme.
En conversaciones recientes con otros coetáneos hemos resuelto que, sin perder la curiosidad, es conveniente poner distancia sobre bastantes temas. Algunos porque son muy complejos, otros por su difícil solución, y los más, por banales y ridículos.
Lo mejor es echar un vistazo, leer el relato asintiendo o denegando mentalmente, y en muchas ocasiones, y ante tantas tonterías… sonreír.
Rafael Toledo Díaz












