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Ceuta: cuando la política abdica, las personas pagan el precio

He dedicado más de cincuenta años de mi vida a la defensa de los derechos humanos, convencida de que la dignidad de la persona está por encima de cualquier ideología o interés político. Por eso no puedo permanecer en silencio ante lo que está ocurriendo en Ceuta.

Conozco bien la ciudad. He participado en varias ocasiones como miembro de tribunales de tesis doctorales y siempre regresaba impresionada: Ceuta era un ejemplo vivo de convivencia. Culturas, religiones y tradiciones diferentes coexistían con naturalidad. Junto a Melilla, representaba lo mejor de la España plural.

Por eso duele tanto ver su deterioro actual.

El problema no son las personas que llegan. Ningún ser humano es enemigo por cruzar una frontera. Las migraciones han existido siempre y seguirán existiendo mientras haya guerras, miseria o desesperanza. El verdadero fracaso no es la inmigración, sino la ausencia de una política migratoria seria, estable y previsible.

Durante años España ha vivido de parches: cambios legislativos constantes, regularizaciones extraordinarias, mensajes contradictorios y una preocupante falta de estrategia de Estado. Mientras tanto, Ceuta y Melilla han sido utilizadas demasiado a menudo como piezas en un tablero diplomático con Marruecos. Los resultados ya son visibles.

Llegan muchos jóvenes solos, sin proyecto vital, sin recursos ni formación. Ellos también son víctimas. Pero sería injusto olvidar a los ceutíes: tienen derecho a vivir con tranquilidad, a sentirse seguros en sus barrios, a que sus hijos crezcan en un entorno de convivencia y no de tensión permanente. Tienen derecho a que sus gobernantes les expliquen qué está ocurriendo y cuál es el plan para evitar que la excepción se convierta en norma.

¿Cómo hemos permitido que una ciudad símbolo de integración llegue a esta situación? Y, sobre todo, ¿quién asume la responsabilidad política de este fracaso?

El debate se ha polarizado de forma estéril. Para unos, cualquier crítica a la gestión migratoria es xenofobia. Para otros, todo migrante es culpable de los problemas. Ambas visiones son falsas e injustas. La inmensa mayoría de quienes llegan buscan una vida mejor. La inmensa mayoría de los ceutíes solo quiere conservar la convivencia que durante décadas definió su ciudad.

Defender los derechos humanos no significa renunciar al Estado de Derecho. Los derechos solo se garantizan cuando el Estado protege sus fronteras, desmantela las mafias que trafican con personas, ordena los flujos y ofrece protección real a quienes cumplen los requisitos legales e internacionales.

La solidaridad no es abrir las puertas para luego abandonar a quienes llegan y quienes ya vivían allí. Trasladar a las ciudades fronterizas un problema que compete al Estado y a la Unión Europea es injusto e insostenible.

Ceuta necesita recursos, planificación y una estrategia compartida.

La paz social también es un derecho que debe protegerse. Decirlo no es ir contra los derechos humanos: es defender una sociedad democrática, segura y cohesionada, única garantía real de que los derechos siguen existiendo.

España debe construir cuanto antes una política migratoria basada en tres principios inseparables: humanidad con quienes sufren, firmeza frente a las mafias, y respeto escrupuloso a la legalidad.

Gobernar no es reaccionar cuando la crisis estalla. Gobernar es anticiparse para que no estalle.

Ceuta merece recuperar su lugar como símbolo de convivencia, respeto y esperanza. Sus ciudadanos merecen ser escuchados sin descalificaciones. Y quienes llegan merecen un sistema justo, humano y ordenado que les diga con claridad cuáles son sus derechos y también sus obligaciones.

Después de más de medio siglo defendiendo los derechos de las personas, sigo creyendo lo mismo:

No hay derechos humanos sin dignidad.

No hay dignidad sin justicia.

Y no hay justicia sin orden.

Cuando la política abdica de su responsabilidad, las primeras víctimas son siempre las personas. Todas las personas.

ASCENSIÓN PALOMARES RUIZ – Catedrática, defensora de los Derechos Humanos y presidenta de la Asociación Europea Liderazgo y Calidad de la Educación

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