Marzo ha llegado envuelto en una nube de discordias y enfrentamientos. Las noticias no cesan: imágenes de humo elevándose hacia el cielo, titulares que anuncian nuevos ataques y conflictos bélicos. Las opiniones se multiplican y nos empujan a preguntarnos qué va a suceder mañana. Y quien dice mañana, dice hoy, ahora mismo.
Quienes creemos firmemente en el sistema democrático no dudamos de que los gobiernos teocráticos son anuladores de libertades. Una libertad que se vuelve insoportable cuando todo le es negado a la persona. Imponer leyes abusivas supone condenar a los ciudadanos, en su propio país, a la ausencia de derechos, de oportunidades y de dignidad.
En más de una ocasión me he preguntado por qué, cuando se instala un régimen de este tipo, se prohíbe a los ciudadanos salir del país. Son preguntas lógicas, pero rara vez se las plantean quienes critican con dureza a las democracias y jamás alzan la voz contra aquellos países donde la libertad simplemente no existe.
Lo mismo me ocurre al observar a ciertos dirigentes políticos que imponen religión y leyes en una misma balanza, y que además excluyen a la mujer de los mismos derechos que el hombre. Pensamos —pienso— que esas leyes propias de la Edad Media son imposibles de comprender en pleno siglo XXI. Y, sin embargo, en nuestro mundo globalizado se siguen sosteniendo normas caducas que niegan derechos fundamentales.
La guerra es el error humano más antiguo, tan viejo como el Homo sapiens. Ha existido en todas las épocas y en todas las culturas; basta acudir a las fuentes históricas para comprobarlo. Es un hecho repetitivo, viejo y, tristemente, humano.
Marzo ha llegado y, con él, volvemos a ver destrucción y miedo multiplicados por miles. Miles de personas que sufren las consecuencias de guerras que presenciamos sin comprender del todo por qué se originan ni por qué continúan. Marzo ha llegado con el miedo y el llanto de quienes caen heridos o muertos en conflictos que se perpetúan mientras el mundo mira, muchas veces, hacia otro lado.
La guerra es una noche de tormenta cerrada a la salida del sol, que es la paz. Y no valen los disfraces de las diferentes ideas políticas esgrimidas por los líderes de hoy. Tampoco bastan las mentiras ni el beso traidor que nace de la ambición y del poder para someter voluntades.
Pero la historia se repite, y es cierto que un pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla una y otra vez, incesantemente. Y cuando eso sucede, el único resplandor es el de las armas: bombas, cohetes, disparos, brutalidad y vejaciones de unos seres humanos contra otros.
Este es nuestro fracaso: volver a pelearnos, volver a herirnos hasta morir y destruirnos. No hay lugar en la vida —ni siquiera en su ábside más sagrado—
donde quepan todos los males que nacen de ella. Cuando eso ocurre, el único resplandor no es luz, sino fuego: La razón no sabe caminar por ese territorio.
La guerra cae como una noche espesa. No avanza: se cierne. Cierra el cielo, apaga los caminos, niega obstinadamente la salida del sol al que llamamos paz. Y poco importan los nombres que se le den, los discursos que la vistan, las banderas que la disfracen de idea. Todas son la misma sombra.
La historia gira sobre sí misma, como una herida que se abre donde nunca terminó de cerrar. Avanza en círculos hacia el mismo abismo, una y otra vez, sin descanso. Y cuando ocurre, no hay amanecer. Solo un resplandor falso, el brillo seco de las armas, bombas que desgarran el aire, drones que parten la noche,
disparos, brutalidad, de unas personas contra otras olvidando su humanidad.
Los almendros han florecido, pero en los campos de guerra la tierra sigue sangrando. Sangra el dolor de no poder detenerlas, de no saber negociar la paz sin pisotear los derechos humanos.
Natividad Cepeda












