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Las tribulaciones de Ramona

Ocasionalmente nos habíamos visto por el barrio, pero hacía mucho tiempo que no echábamos un rato para cotillear. Así que el otro día, y sin más dilaciones, Ramona y un servidor decidimos tomar el aperitivo bajo la sombra de los plátanos del bulevar ya que el buen tiempo nos acompañaba.

Las tribulaciones de Ramona

Inevitablemente las primeras impresiones fueron sobre el tiempo, o el clima, que tanto juego da. Le conté a mi vecina que este año el estío se me ha hecho eterno, y ahora, para rematar «el veroño» —una rara palabreja para definir el extraño comportamiento de octubre—. Vamos, deseando estoy que refresque de una vez.

Ella afirma que como continúe el calor no le hará falta la chaqueta que se compró para la temporada, así que tendrá que venderla rebajada en Wallapop o Vinted para amortizar su valor.

Sin embargo, a pesar de los primeras ocurrencias pronto entramos en materia y, como siempre, ella monopoliza la conversación.

Ramona me cuenta que está preocupada porque cree que es bipolar, y me lo razona. Me dice: ya ves, hay días que me levanto y me siento positiva, salgo a la calle y todo son buenas vibraciones. Creo que vivo en una ciudad moderna, joven, multicultural y diversa, un lugar donde el bullicio es una muestra de la vivacidad de su población, del empuje y la resiliencia ante la adversidad. Me pasa igual con mi percepción sobre el país, a veces pienso en lo que hemos avanzado juntos en todos estos años y cómo hemos renovado y construido modernas infraestructuras e incluso hemos conseguido importantes expectativas económicas, al menos eso indican las cifras de la macroeconomía.

Pero otras jornadas me levanto en plan derrotista y todo lo veo negativo. Noto que la ciudad donde vivo es pobre, su nivel cultural es bajo, la convivencia es un desastre y las calles están sucias. Igualmente escucho las noticias y todos son incidencias y problemas. Los trenes funcionan mal, las carreteras están atascadas y los conflictos sociales se agudizan día tras día, vamos un desastre.

No sé —me dice— yo pienso que me influye mucho la radio porque al amanecer en el dormitorio escucho una emisora y en la cocina otra, las dos con idearios opuestos. Una me echa pestes de Sánchez y su camarilla, y en la otra me cuentan las desventuras del tándem Feijóo-Ayuso. Nadie intenta buscar el equilibrio y cada cual, según quien les paga el sueldo, critican a unos u otros, un lío que creo que me afecta.

Así que después de desayunar, y harta de tanta polarización, paso toda la información por la batidora y resuelvo poner una emisora donde mezclan todo tipo de música, desde coplas y boleros hasta jazz o rockabilly, y así desconecto —y se echa una carcajada—.

Todo esto viene a cuento del momento político que estamos viviendo, ambos coincidimos en que esta legislatura llevaba meses agotada y no daba más de sí.

Las tribulaciones de Ramona

Tratando de participar y romper un poco su discurso le digo que, a mi parecer, la acampada de Sol por la vivienda ha sido el detonante para provocar el anuncio de elecciones.

También reconocemos que en algún momento esta situación anormal debe de acabar, que la protesta no se puede eternizar.

Ella, burlona, me dice que ahora no le apetece ir al centro de compras, que con tanta gente se agobia un poco, aunque tampoco estaría mal echar un vistazo a aquello, que desde la tele solo se ven lonas.

Igualmente nos alegramos de que los jóvenes hayan dicho basta a una situación que es insoportable. Porque existe una realidad evidente pues casi nadie puede acceder a una vivienda ya sea en propiedad o en alquiler, y menos con sueldos tan bajos como los de la clase trabajadora.

No es fácil resolver el problema de la vivienda porque hemos dejado pasar mucho tiempo en buscar soluciones y se ha hecho bola.

Ramona, por su situación particular, me cuenta que tiene una duda que la altera o la inquieta. Y me lo explica con detalle: mira, el piso donde vivimos lo compramos mi marido y yo cuando aún éramos novios, letra a letra, mes a mes, que ojo hasta que terminamos de pagarlo. Después, cuando las cosas nos fueron bien y porque mi marido echaba más horas que un sereno, nos animamos a comprar un apartamento en la Manga, para veranear sabes. Al final se ha convertido en una lata, me harto a limpiar cada vez que vamos, además siempre tenemos que ir al mismo sitio y ya, con los años, empiezo a aburrirme. Y luego tenemos la casa que nos dejó en el pueblo mi madre, que se cae a pedazos y cada vez hay que echarle más dinero, vamos, un pozo sin fondo.

Pero con tres viviendas y lo que suponen, este gobierno progresista puede creer que soy una rentista, ya ves tú, unas propiedades que no resuelven el problema que también tienen mis hijos, resignada, me dice: pero las opiniones las carga el diablo, y más cuando los políticos utilizan la demagogia.

Para su consuelo le comento que tengo muchos reparos sobre la palabra «progresista» porque es un término que se ha manoseado tanto que, desde mi punto de vista, ha perdido gran parte del significado. Aunque sinceramente, tampoco lo que está por venir me genera confianza, porque una cosa es predicar y otra dar trigo —que dice el refrán—.

Juntos nos lamentamos que muchas de las mejoras sociales conseguidas a base de reivindicar se hayan difuminado en tan poco tiempo. Ahora nos toca decidir a quién votar y es ahí donde le recalco a Ramona que me sobran personalismos o nombres y me faltan programas que intenten afrontar los retos pendientes, que son muchos.

Llevamos ya un buen rato de cháchara y, de repente, Ramona se sobresalta al mirar el reloj y da un respingo. —Te dejo —me dice—, que mira la hora que es y no sé qué hacer hoy de comer.

No me sorprende la actitud de mi vecina porque ya conozco sus reacciones imprevistas. Tranquila —le digo—, ya seguiremos hablando antes de las elecciones y a continuación levanto la mano para llamar al camarero porque, inevitablemente, las cervezas me toca pagarlas a mí.

Rafael Toledo Díaz.

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