Esta mañana he llevado a mi hijo al colegio en Tomelloso y, con la que estaba cayendo, ya sabía lo que tocaba: prisas, paraguas y la típica “operación dejar al niño y salir pitando”.
Según me he acercado a la zona del cole, se ha formado lo de siempre cuando llueve: coches parados por todos lados, alguno en doble fila “un segundo”, intermitentes puestos y gente buscando hueco como si fueran las rebajas. Yo he ido despacio, porque entre los charcos y los críos cruzando no está la cosa para despistarse. A mi lado, he escuchado a uno decirlo tal cual: “Es un momento, ahora me voy”.
En la acera, un desfile de paraguas abiertos. Padres y madres con una mano en el paraguas y la otra tirando del niño para que no se empape. Los críos, con la mochila dando golpes en la espalda, intentando llegar a la puerta “sin mojarse” (misión imposible). En el paso de cebra, el goteo era constante: uno cruza, otro duda, otro sale corriendo… y tú frenando y mirando mil veces.
He parado donde he podido sin fastidiar demasiado, y tras cerrar el coche le he acompañado para cruzar la calle. Y mientras él se iba hacia la entrada, yo veía el lío detrás: un coche que se queda atravesado, otro que no puede salir, un claxon corto, y el típico gesto de disculpa con la mano. A los dos segundos, se oye el clásico: “Perdona, ya me voy”.
Al final, la escena de hoy no es ninguna película: es lo de cada día en Tomelloso cuando toca lluvia y hora punta escolar. Solo que con el agua, todo se complica un poco más y los nervios van más sueltos. Y aquí es donde está la clave: un poco de calma y de sentido común. Si aparcas bien, si no tapas el paso de cebra, si no haces la doble fila eterna… se nota. Y, sobre todo, se nota en lo importante: la seguridad.
Cuando me he ido, en cinco minutos el atasco se ha ido aflojando. Los paraguas entrando por la puerta, los coches arrancando, y la calle volviendo a la normalidad. Pero la sensación se queda: esto se repite mucho, y con un poco más de paciencia por parte de todos, se viviría bastante mejor.












