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Xantipa García y Tomás Martín, molineros en Ruidera en los siglos XVIII-XIX

Cavilaciones en Ruidera

Antaño, en tiempos de mi infancia, las horas eran más bien de hazañas de supervivencia, e impresiones inesperadas, pendientes siempre de las reprimendas y llamamientos  quejumbrosos de nuestras madres, con sus “almas” doloridas, como una acción curativa… En los momentos de “bonanza” de sus “almas”, siempre doloridas, como vigías de la historia, aliviaban el dolor transfiriéndole a los hijos las vivencias y el saber de muchas escenas de su existencia, ofreciéndole fundamento a la vida propia de cada época y espacio-tiempo… A veces, los relatos del vecindario se volvían obsesionantes a lo largo de las noches y los días, refiriendo, con los ojos muy abiertos para que aquellos mundos no desaparecieran, lo que sus ancestros les habían contado, lo que habían vivido, lo que preveían, desdeñaban, anhelaban… Casi todo lo que había sido en el “alma” de aquellas gentes, se solía narrar con sentimiento, no exentos de algunos escándalos y chismorreos, de consejos y fábulas, volviendo a vivir en sus vidas, sin ningún punto y final…

Caminos trillados de tiempos muy ancestrales… Allá cerros y montes cerca del cielo y riscales que “gozaban” del sol, que se asomaba a ojeadas entre las nubes… Manantiales cristalinos borboteando, “galopando hacia metas sin fin…; en la antigüedad divinos, junto a los que los romanos del Alto Guadiana, celebraban las fiestas fontanalia o fontanales, en honor al dios Fonto o Fontus, divinidad de las fuentes… Riachuelos que discurrían vivos en libertad y hortales regados por hijuelos, luego extraviados… Casas muertas y reliquias que no engañaban…, a solas con los mundos… “Magnetismos” que tenían su más acá y su más allá, con su desmoronada identidad… Aunque los muchachos teníamos dificultad para comprender lo que contaban nuestras madres y el vecindario, aquellas “cosas” no nos eran del todo ajenas…

Hoy nos “concebimos” zangoloteando, padeciendo en aquel “cosmos” de fatigas, lacerado de dudas…, y estamos allí todavía (sin el cansancio, desengaños y nostalgia de ahora) chapoteando en el agua de “Las Pozas” y en “El lavadero de las mujeres”, entre los pececillos del reguerón que borboteaba de la “Laguna del Rey”, encarrilando barcos de palotes y cartones, que flotaban a trompicones. Y en aquellas calles, casucas, aguas y tierras medievales oía lamentaciones, rezos, fábulas, esperanzas, maldiciones, rogativas e historias… En el “ardor de la vida transitoria” de aquellas gentes, no tan lejanas en el tiempo, con su fe y su esperanza…, yo me creía—creía—lo que contaban y solía prestar oído: “… Cuando espigábamos—novelaban—y, con mucho penaero,  juntábamos un poco grano, íbamos al molino de la “Hermana Antoñica” o del “Niño Jesús”, que estaba cerca de la Moraleja y traíamos una poca harina pa la casa; aunque algunas veces nos teníamos que esconder entre los carrizales y zarzales, porque si nos pillaban los delegaos y los civiles, pa que contar… Cuando llegábamos a los  “Riscos de la Fuente del Molino de la Cubeta”, mirábamos a ver si veíamos la mujer encantá, que relucía algunas noches, que tenía el pelo de oro y se lo peinaba con un peine de oro a la salía del sol y a la luz de la luna… Y bebíamos agua en la “Fuente del Molino”… Cuando había “moros en la costa”, nos veníamos por el camino del “Puente de la Esclusa” y bebíamos agua en la “Fuente la Terciana”, pa que no nos dieran las calenturas… Luego estaba la “Fuente del Vallejo la Regidora”, a la puesta de sol “del Hundimiento”, que los agüelos de nuestros agüelos decían que su agua había curao de un asiento malo y de otras cosas a la mujer de un señor que le decían “El Regidor” y por eso le puso su nombre… La fuente de la que se surtía toa la gente de Ruidera, era “La Fuente del Molino”; cuando venían los calores, el agua fresquita la bebíamos de allí… La fuente estaba rodeá de paerazos hundíos y una rueda del molino clavá cerca del camino… El molino harinero era mu viejo, y se llamaba “El Molino de la Cubeta”, de una mujer que le decían “La Jantipa”… Y que lo tuvo que malvender, por los malos artes que tenían los que mandaban y tienen a veces estas lagunas…”

Xantipa García y Tomás Martín, molineros en Ruidera en los siglos XVIII-XIX
A la izquierda, sitio del molino. Derecha, Riscos de la Cubeta. En primer plano, carretera de Argamasilla de Alba-Ruidera.

La elaboración de esta crónica se ha ido demorando, hasta que por fin—y desinteresadamente—nos han facilitado algunos datos correspondientes a una reseña del año 1989, con fechas un tanto confusas, del periodista vecino de la población de la Solana, Miguel García de Mora.: “¡Ah, Ruidera!, nuestra chiquita perla de la mar interior, qué distinta, qué cambiada en no demasiados años…, (…). Cerca del pueblo está el antiguo molino de la Cubeta, del que fuera molinero  Tomás Martín Colores y molinera, con su marido, Xantipa García Giménez, entre 1868 y1889. (…). En 1889, el molino fue vendido a don José García Noblejas y Díaz Pinés, de Manzanares… (…)”. Aunque los periodos de estiajes e inundaciones de las Lagunas de Ruidera, eran alternativos y desastrosos, a veces…; afectando, entre otros, a molinos y batanes, contaban algunas lenguas, que la Xantipa, dada su edad, viuda y atemorizada por las fiebres palúdicas del lugar, por las grandes heladas (Pequeña Edad del Hielo. Segundas mitades de los siglos XVI-XVIII) y por el gran desbordamiento de las lagunas de Ruidera, en los años 1888-1889, tomó la decisión de vender el molino a don Antonio García Noblejas y preparar una pequeña fonda o posada, en la población de Argamasilla de Alba. Unos días antes de que Azorín—recorriendo la Ruta de Don Quijote—se hospedara en el mesón de mis abuelos, de Ruidera, se alojó en Argamasilla de Alba: “Estoy sentado en una vieja y amable casa, que se llama fonda de la Xantipa; acabo de llegar… (…). La casa comienza su vida cotidiana: la Xantipa marcha de un lado para otro apoyada en su pequeño bastón…”.

Hoy, tras una peliaguda ascensión a una cumbre y altozano, miramos hacia el sitio del Molino de la Cubeta… “Sentimos” en el silencio, lejos de la algarabía del “fondo de saco” del aguazal, el esplendor de la aceña y de las gentes de aquel entonces, acarreando penas, hambre, esperanza…, por caminos y veredas del valle… “Atisba” nuestra mente a espigadoras, labriegos, mercachifles, arrieros…; ayudados por animales de tiro y carga, “lanzados” a largas caminatas para obtener el “pan de cada día”…; también lucro y comercio, con los semblantes conturbados y sus prolijas imprecaciones y rezos… Y a la Xantipa con su tez tostada como las piedras del molino, faltriquera, chambra y saya de entierro…; presta siempre para que cada parroquiano dijera, con justicia, lo que requería… A todo ello, junto con otros vestigios, holladuras y memorias olvidadas y cuando no despreciadas, que nos proporcionan enseñanzas y remembranzas útiles y perpetuas, les damos hoy una “conciencia” universal; porque los que tanto “discursean”, jamás se han propuesto un fin estimable, común… Un objetivo verdaderamente distinto a los de tan cortos alcances, cargados de personal ambición, envidia, mala fe, venganza…

Xantipa García y Tomás Martín, molineros en Ruidera en los siglos XVIII-XIX
Restos de molino harinero, cerca del castillo de Rochafrida. Foto: año 2018.

Salvador Jiménez

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