El XXXIX Desfile Escolar de Carnaval con 13 AMPAS muy ilusionadas se vivió como esas noticias que no se olvidan fácilmente: con brillo en los ojos, con nervios de los buenos y con esa alegría contagiosa que solo traen los niños y niñas cuando salen a la calle a celebrar.
La salida se fijó en la rotonda cercana al IES Airén, avanzó por la avenida Juan Carlos I y concluyó en la rotonda del barrio del Pilar, junto a la Sagrada Familia. El desfile comenzó a las 12:00 horas, puntual, como si el Carnaval también hubiese querido dejar claro un mensaje: esta vez tocaba fiesta, y tocaba de verdad.
Y es que había un motivo que se repetía entre sonrisas, abrazos y móviles en alto: el año pasado no pudo realizarse. Por eso, en esta edición, la emoción se notaba en cada paso. En palabras que se escuchaban una y otra vez entre el público, “teníamos muchísimas ganas” y “los niños lo estaban esperando como agua de mayo”. La escena hablaba sola: madres y padres aplaudiendo, abuelos emocionados y pequeños protagonistas disfrutando como solo se disfruta cuando algo se ha echado de menos.
A lo largo del recorrido, las 13 AMPAS fueron desplegando su imaginación con una variedad de temas que convirtió la avenida en un desfile de mundos distintos, todos con el mismo hilo conductor: la ilusión. Hubo esquimales, con gorros de pelo, abrigos blancos y azules y mejillas pintadas como si acabaran de llegar del hielo; boxeadores, con guantes enormes, batas brillantes y poses de campeón; y también el inconfundible aire del Charleston, con flecos, diademas, plumas y pasos que arrancaban carcajadas al público.
El Carnaval se transformó, por momentos, en un auténtico paseo por Venecia, con máscaras elegantes, capas y ese toque misterioso que tanto engancha; y, unos metros más allá, en una fiesta tirolesa, con tirantes, vestidos tradicionales, sombreros y un ambiente de verbena que invitaba a acompañar con palmas. Entre las temáticas más comentadas estuvo la leyenda del samurái, con kimonos coloridos, cinturones y una puesta en escena que parecía sacada de un cuento oriental.
El desfile también se permitió soñar a lo grande con el mundo del cine, donde se vieron claquetas, estrellas, trajes de gala y personajes reconocibles; con héroes y villanos, capas al viento, antifaces y ese juego divertido de “a ver quién da más miedo” (sin pasarse, claro); y con “érase una vez”, que llenó el recorrido de hadas, príncipes, castillos y fantasía infantil de la buena, la de toda la vida.
No faltaron los guiños más espectaculares, como el festival apache, con plumas, chalecos, pintura facial y ritmos que animaban a seguir la marcha; y la siempre irresistible magia, con sombreros de copa, varitas, estrellas, capas y algún que otro “truco” improvisado para arrancar aplausos.
Más allá del colorido, el XXXIX Desfile Escolar de Carnaval dejó una imagen clara: la calle como punto de encuentro, como escenario compartido y como recuerdo familiar. Porque lo que se vio fue eso: niños y niñas felices, familias orgullosas y una organización volcada para que todo saliera redondo.
En un ambiente donde la emoción estaba a flor de piel, muchos comentaban lo mismo: “esto era lo que hacía falta”. Y no les faltaba razón. El Carnaval escolar volvió, y lo hizo a lo grande: con música, con disfraces, con risas… y con esa tremenda ilusión que, cuando se trata de los pequeños, se nota a kilómetros.
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