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La resaca bonita de una romería que todavía suena en Tomelloso

Después de Pinilla, de los remolques engalanados y del regreso de la Virgen de las Viñas, la ciudad vuelve despacio a su sitio, pero con el corazón todavía en camino

La mañana siguiente a la Romería tiene en Tomelloso una luz distinta. No sabría decir si más limpia o más cansada, pero sí más verdadera. Salgo hoy a la calle como periodista de Cuadernos Manchegos, con la libreta en el bolsillo y esa sensación de que la noticia ya no está solo en lo que pasó, sino en lo que queda cuando todo ha pasado. Y queda mucho.

Queda el polvo pegado en las zapatillas, en los zapatos. Queda el olor a campo en la ropa. Quedan las conversaciones a media voz, los cafés largos, los móviles llenos de fotos y los cuerpos pidiendo calma después de varios días de fervor, ilusión, reencuentros y fiesta en torno a la Virgen de las Viñas. Queda, sobre todo, esa mezcla tan tomellosera de cansancio y orgullo que uno reconoce enseguida en las caras.

“Estamos reventados, pero ha merecido la pena”, escucho decir en una barra. Y me parece una frase perfecta para contar esta resaca emocional. Porque aquí nadie habla del cansancio como una queja. Se habla casi con cariño, como se habla de una jornada bien vivida.

La LXXXI Romería de Tomelloso ya ha pasado por el calendario, pero no por la memoria. Pinilla, que durante el fin de semana fue corazón, encuentro y camino, vuelve poco a poco a su silencio habitual. Donde hubo música, bailes, comidas compartidas, rezos, niños corriendo, familias enteras y jóvenes subidos a remolques llenos de verde, ahora hay un aire más quieto. Pero no vacío. Los lugares que han estado llenos de vida tardan en quedarse solos del todo.

En los caminos todavía parece verse la romería. No con los ojos, sino con la memoria reciente. Uno recuerda los tractores, los remolques vestidos de verde, la alegría de los jóvenes, la blusa, el pañuelo, las risas, las voces llamándose de un lado a otro, las cuadrillas buscando sombra y las familias preparando la mesa como si aquello fuera una prolongación natural de la casa.

Hay fiestas que se miran desde fuera. Esta no. Esta se vive desde dentro.

Pinilla se apaga despacio, Tomelloso no

La fiesta termina en el programa, pero sigue en las barras, en las casas, en las fotos y en esa devoción serena que no necesita hacer ruido

En Tomelloso, la vuelta a la normalidad nunca es brusca después de la Romería. Es más bien una recogida lenta. Un volver a colocar las cosas en su sitio. Se desmontan remolques, se guardan sillas, se limpian neveras portátiles, se revisan manteles, se devuelve lo prestado. En muchas casas hay bolsas en la entrada, ropa pendiente de lavar y alguien diciendo: “eso déjalo ahí, que luego lo vemos”.

Pero mientras se recoge lo material, lo otro sigue desplegado.

Sigue la emoción de la Procesión de las Antorchas, con esa imagen de Pinilla iluminada y el silencio respetuoso ganando terreno a la música. Sigue el recuerdo de la Virgen de las Viñas avanzando arropada por su gente. Sigue esa devoción popular que en Tomelloso no necesita demasiadas explicaciones porque viene de lejos, de padres a hijos, de abuelos a nietos, de quienes ya no están a quienes siguen cumpliendo.

“Cuando sale la Virgen, se te mueve algo por dentro”, me dice una mujer, todavía con voz de haber dormido poco. No añade más. Tampoco hace falta. Hay frases que se entienden mejor cuando se dejan respirar.

En los bares, la romería continúa con otro ritmo. Ya no hay camino a Pinilla, pero sí camino de memoria. Unos comentan cómo estuvo el regreso. Otros hablan de los remolques. Otros recuerdan la música, el ambiente, la cantidad de gente, el buen rato compartido. Hay quien repasa fotos como si estuviera pasando las páginas de un álbum familiar recién estrenado.

“Mi hijo no quería venirse”, cuenta un padre con media sonrisa. “Decía que todavía quedaba fiesta”. Y seguramente tenía razón. Porque para los niños, y también para muchos mayores, la romería no termina cuando se vuelve a casa. Termina cuando el sueño vence, cuando se apaga la última conversación, cuando el eco de la música deja de sonar en la cabeza.

A mí me gusta mirar esa parte menos visible. La de después. La de los ojos cansados. La de las manos recogiendo. La de los abuelos sentados al fresco, repasando lo vivido. La de los jóvenes que al día siguiente caminan más despacio, pero siguen sonriendo. La de quienes vuelven al trabajo con el cuerpo en lunes y el corazón todavía en domingo.

Eso también es romería.

No solo lo grande, lo público, lo fotografiable. También lo pequeño. El bocadillo que sobró. La silla que alguien olvidó. La llamada para preguntar si todos llegaron bien. La familia que se junta otra vez para devolver cacharros. El comentario de “el año que viene hay que salir antes”. La promesa, dicha casi sin pensar, de volver.

Y en medio de todo, la Virgen de las Viñas como centro. No como adorno, sino como razón profunda de una celebración que mezcla fe, tradición, convivencia y pertenencia. Tomelloso no solo sale de romería: Tomelloso se reconoce en ella. En sus carreros, en sus familias, en sus jóvenes, en sus mayores, en sus caminos, en su manera de celebrar sin perder del todo el respeto por lo sagrado.

Mientras camino de vuelta a la redacción, pienso que la resaca de una fiesta popular dice mucho de un pueblo. Si después solo queda ruido, quizá la fiesta fue ruido. Pero si después quedan recuerdos, afectos, gratitud y ganas de contarlo, entonces hubo algo más.

En Tomelloso ha quedado eso: una alegría cansada, una nostalgia reciente y una certeza tranquila. La Romería se ha marchado del calendario, sí, pero sigue en las conversaciones, en las fotos, en los remolques ya vacíos, en el verde que se seca poco a poco y en esa música que parece resistirse a desaparecer.

“Esto es lo que queda cuando la fiesta se va” y lo que queda, sinceramente, también merece ser contado.

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