Hay rincones de la Feria de Tomelloso que no necesitan grandes atracciones, música a todo volumen ni luces que alcancen el cielo para despertar recuerdos. A veces basta con acercarse a una caseta, mirar aquellos patitos flotando y escuchar de nuevo esa frase que tantas veces hemos oído: «Venga, pesca uno».
Siempre me ha hecho gracia la pesca de los patitos. Parece el juego más sencillo del mundo. Una caña, unos cuantos patos de plástico dando vueltas y la esperanza de que debajo aparezca el número que trae el premio bueno. Pero ahí está precisamente su encanto. Uno sabe que probablemente terminará llevándose un peluche pequeño, una pelota o cualquier otro regalo de feria y, aun así, sostiene la caña como si estuviera jugándose algo importante.

De niño, además, todos los premios parecían enormes. Aquellos peluches colocados al fondo de la caseta eran auténticos trofeos. Los mirabas mientras pescabas pensando que, por alguna extraña combinación de suerte y justicia universal, aquel muñeco gigante tenía que acabar contigo esa noche.
Ahora paso por delante y veo a otros hacer exactamente lo mismo. Niños concentrados, padres aconsejando como si conocieran algún secreto para elegir el pato correcto y abuelos mirando la escena con esa sonrisa tranquila de quien probablemente ya estuvo allí muchos años atrás.
Porque la feria también es eso. Repetir pequeños gestos sin darnos cuenta de que estamos construyendo recuerdos.
Las luces cambian, los premios cambian y hasta las casetas se modernizan, pero el ritual permanece. Acercarse, pagar una partida, coger la caña y dejar que los patitos sigan dando vueltas hasta decidir cuál será el elegido.
Quizá dentro de muchos años alguien recuerde la Feria de Tomelloso de esta manera: no por una gran actuación ni por una atracción espectacular, sino por aquella noche en la que pescó un pato de plástico y salió de la caseta abrazando un peluche como si acabara de ganar el premio más importante del mundo.
Y, pensándolo bien, seguramente lo era.












