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Quedar para comerse un pollo, ese otro plan de Feria que nunca falla en Tomelloso

Entre conciertos, atracciones y noches que se alargan, también hay sitio para una de esas costumbres sencillas que cada año vuelven a reunir a familias y amigos alrededor de una mesa.

Hay planes de Feria que aparecen en el programa y otros que no necesitan ni horario, ni cartel, ni presentación.

En Tomelloso, uno de esos planes de siempre es quedar para comerse un pollo.

A veces sale a mediodía. Otras, cuando ya cae la tarde y empieza a moverse el ferial. También están los que lo dejan para la noche, después de dar una vuelta, ver algún acto o tomar algo por ahí.

La conversación suele empezar de la manera más sencilla.

—¿Nos comemos un pollo?

Y a partir de ahí se monta todo.

Uno llama a otro, alguien escribe en el grupo y en poco rato ya se sabe más o menos quién va, quién llega tarde y quién dice que se pasa “aunque sea un rato”.

Luego pasa lo de siempre.

Que si uno no encuentra aparcamiento. Que si otro viene de los cacharros con los niños. Que si falta alguien porque todavía anda por el centro. Y cuando parece que ya están todos, aparece el último diciendo que pensaba que se había quedado media hora más tarde.

En la mesa tampoco hacen falta demasiadas cosas.

Pollo, patatas, pan, algo fresco para beber y ganas de sentarse un rato.

Lo demás sale solo.

Se habla de la noche anterior, del concierto, de si había mucha gente, de quién se ha encontrado a quién y de qué se hace después. En una punta de la mesa se organiza el siguiente plan y en la otra alguien sigue preguntando si queda alguna patata.

Los pequeños están pensando en volver a las atracciones. Los jóvenes, en cómo continuar la noche. Y otros simplemente agradecen sentarse un rato después de llevar toda la tarde de un lado para otro.

No tiene nada de extraordinario.

Y precisamente por eso resulta tan reconocible.

Un pollo se puede comer cualquier día del año, claro. Pero en Feria sabe distinto.

No por el pollo.

Por el momento.

Porque durante esos días se junta gente que el resto del año cuesta más reunir. Familiares que viven fuera, amigos que llevan semanas diciendo que tienen que verse, vecinos que se encuentran por casualidad y terminan sentados en la misma mesa.

La Feria también es eso.

No solamente los grandes conciertos, las luces, los actos oficiales o las atracciones.

También son esas conversaciones que empiezan mientras alguien reparte las patatas. El trozo de pan que pasa de una mano a otra. El que asegura que no quiere más y termina picando otra vez. Las sobremesas que duran bastante más de lo previsto.

Y, como casi siempre, llega un momento en el que alguien mira alrededor y pregunta:

—Bueno, ¿qué hacemos ahora?

Entonces empiezan las propuestas.

Que si otra vuelta. Que si los cacharros. Que si tomar algo. Que si acercarse al concierto.

Se levanta la mesa y cada uno vuelve a meterse en la Feria.

Hasta el año siguiente, cuando seguramente alguien volverá a decir la misma frase de siempre.

—¿Quedamos para comernos un pollo?

Y habrá poco más que hablar.

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