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lunes, febrero 23, 2026
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Tomelloso se queda en silencio y el campo lo cuenta todo

Este pasado domingo me di un día de campo en Tomelloso como quien se concede una tregua con firma y sello. Sin grandes anuncios, sin planes heroicos. Solo la intención -muy seria y muy sencilla- de descansar de verdad. Y, de paso, mirar el mundo con ese ojo profesional que no se apaga nunca del todo, aunque uno lo intente: el ojo que detecta el detalle mínimo y lo guarda como si fuese una prueba de que la vida está pasando.

Salí por la mañana con el móvil casi en silencio, que ya es una declaración de principios. La ciudad se quedaba atrás y el paisaje empezaba a abrirse: caminos de tierra, viñas en fila como si alguien hubiera pasado un peine gigante, y esa llanura manchega que no intenta impresionarte… pero te termina imponiendo. Hay algo en el campo de Tomelloso que te pone en tu sitio sin humillarte: te dice, con una calma firme, “relájate, que aquí manda el tiempo”.

Y ayer, además, el tiempo venía con una noticia buena: parecía el fin de las borrascas. Después de días de cielo revuelto, de viento con mala cara y de lluvia que te obliga a mirar la previsión como si fuera un parte de guerra, el aire traía otra cosa. Una especie de alivio. El campo olía a tierra asentada, a humedad que ya no amenaza, a esa limpieza que dejan las tormentas cuando por fin se marchan. No era un sol de postal; era un sol recuperado, como si el cielo hubiera firmado la paz.

La mañana estaba clara, con esa luz limpia que no es ni fría ni caliente, solo honesta. Caminé un rato, sin prisa, dejando que el cuerpo marcara el ritmo. Me encanta esa sensación de escuchar el suelo: el crujido leve de la tierra bajo las botas, alguna piedra suelta, el sonido breve de una rama al partirse. Son ruidos pequeños, sí, pero cuando vas en modo descanso se vuelven importantes. Como si fueran titulares en letra pequeña.

En algún punto me paré a mirar las viñas. No por romántico -que también-, sino por periodista: porque el campo siempre tiene algo que contar si sabes quedarte quieto. Las cepas parecían viejas conocidas, fuertes, torcidas, con esa dignidad de lo que ha aguantado inviernos y veranos sin quejarse. Y mientras miraba, me vino a la cabeza lo absurdo que es vivir corriendo a todas horas, como si el día fuese una carrera y no un sitio donde estar. Ayer, por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba donde tenía que estar.

Más adelante me crucé con un hombre que iba despacio, tranquilo, con la espalda de quien ha trabajado mucho y el paso de quien ya no necesita demostrar nada. Nos saludamos con esa educación manchega que no hace espectáculo, pero tiene peso. Hablamos un momento de lo típico -el tiempo, la tierra, “cómo están las cosas”- y en dos frases me dio una lección que no te enseñan en ninguna redacción. Me dijo algo así como: “Lo bueno del campo es que no te pide nada, pero te lo devuelve todo.” Y claro, te quedas pensando. Porque ahí está el truco: el campo no te exige postureo, ni productividad, ni resultados. Te exige presencia. Estar.

Me senté un rato a la sombra corta de un árbol -sombra humilde, de las que no prometen frescor de hotel, pero te salvan- y saqué algo de comida. Nada épico: pan, un poco de queso, agua fresca. Y sin embargo, todo sabía mejor. Porque el sabor no siempre está en el alimento, a veces está en el contexto. En la pausa. En comer sin mirar la hora. En masticar como si el mundo no te estuviera empujando. Ayer comí como se come cuando uno se permite vivir: sin culpa y sin ruido.

La tarde avanzó sin que yo la empujara. Y eso también es noticia, aunque no salga en portada: que el tiempo, cuando lo dejas, se comporta. Caminé por otro sendero, vi alguna finca a lo lejos, escuché pájaros y, de vez en cuando, el zumbido de un coche que pasaba muy lejos, como un recordatorio suave de que la vida “de ciudad” seguía existiendo, pero no estaba invitada a mi descanso.

A medida que el sol fue bajando, el paisaje cambió de tono, como si el campo se pusiera su mejor chaqueta para la última escena del día. La luz empezó a volverse dorada, luego cobre, y después ese color entre miel y polvo que solo aparece cuando el atardecer se toma en serio su trabajo. Me quedé mirando cómo el cielo iba haciendo su transición sin prisa, como un editor veterano que sabe cuándo cerrar la página exacta.

Y pensé otra vez en lo de las borrascas, en cómo se van sin despedirse, y en lo que dejan: charcos que se secan, ramas caídas, pero también una especie de orden nuevo. Ayer el campo parecía decir “ya está, ya pasó”. Fin de las borrascas, y principio de esa calma que no se celebra con ruido, pero se nota en el pecho.

El anochecer llegó despacio, con educación. La temperatura bajó un poco, el aire se volvió más fino y el campo adoptó esa seriedad bonita que tiene la tierra cuando cae la luz. Las viñas ya no eran líneas nítidas: eran sombras largas, siluetas tranquilas, como si todo se redujera a lo esencial. Y a lo lejos, algunas luces de casas empezaron a encenderse con timidez, puntitos cálidos en un mar oscuro. Me dio una ternura rara, como si estuviera viendo la vida desde fuera por un momento: cada luz, una historia; cada ventana, un mundo.

No hice fotos. Y eso, viniendo de mí, fue casi revolucionario. Me apetecía guardarlo sin pantalla, sin filtro, sin prueba. Porque hay cosas que se estropean cuando intentas poseerlas. Ayer solo quería pertenecer al momento, aunque fuese un ratito.

Volví cuando ya era noche cerrada, con el fresco entrando por las mangas y la cabeza silenciosa, limpia. Y sí: mientras caminaba, pensé en el lunes. En el trabajo. En el ruido que regresa. Pero no con angustia. Con una especie de serenidad práctica, como quien sabe que la semana viene… pero también sabe que ayer se ha llevado un tesoro pequeño y real: un día entero de verdad.

Ayer, en el campo de Tomelloso, descansé como descansan los que se acuerdan de vivir. Y sin necesidad de grandes frases, me quedó claro lo más humano y lo más periodístico a la vez: cuando el mundo se cuenta despacio, se entiende mejor. Y ayer, por fin, yo me di el tiempo para entenderlo.

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