En Tomelloso, el carnaval no se mide solo por el calendario, sino por el latido de la calle. Y esta vez, tras varios días de cielos caprichosos y viento de esos que obligan a guardar los disfraces en el armario, el pueblo ha vuelto a escuchar una música inconfundible: la de un desfile escolar avanzando con ilusión, pasos pequeños y sonrisas grandes.
Tras finalizar ayer el carnaval de Tomelloso y después del mal tiempo, el CEIP Miguel de Cervantes de Tomelloso ha recuperado su ya tradicional desfile, una de esas citas que el municipio siente como propia. El pasacalles había quedado suspendido días atrás por las inclemencias meteorológicas, pero la espera —lejos de apagar el ánimo— lo ha avivado: cuando por fin ha llegado el momento, el ambiente tenía ese brillo especial de lo que se hace con ganas, con paciencia y con cariño.
Los escolares han puesto también su punto de color y han arrancado “a partir de las 12:00 horas” desde el patio del centro, donde se notaba el cosquilleo previo: el último ajuste del gorro, el maquillaje repasado con prisa, el traje colocado con orgullo y esa pregunta repetida mil veces —“¿me estás viendo?”— que se responde con una foto y una sonrisa. Desde ahí, han desfilado junto a sus profesores y profesoras, en un conjunto compacto, alegre y bien guiado, que ha convertido el mediodía en una postal luminosa.
Han sido numerosos los disfraces que se han podido contemplar, dentro de una temática basada este año en las profesiones, una elección que ha dado muchísimo juego y, sobre todo, mucha variedad. El paseo se ha transformado en un pequeño universo de oficios y vocaciones: se han visto jardineros con sus herramientas, astronautas dispuestos a despegar entre aplausos, policías y bomberos escoltando la imaginación, además de químicos, científicos, pintores, médicos y enfermeros, entre otros. Un desfile que no solo vestía la fantasía, sino también el futuro, porque cada disfraz parecía decir, sin necesidad de discurso, que soñar una profesión también es una manera de aprenderla.
El recorrido se ha realizado por la calle San Felipe, Paseo Ramón Ugena, calle Don Víctor Peñasco, calle Matadero y la confluencia con el Centro de Educación. Calles que, por un rato, han cambiado su rutina por un ambiente festivo y familiar: el sonido de la música rebotando en las fachadas, las aceras llenas, el cruce de miradas cómplices entre quienes desfilaban y quienes animaban. En cada tramo, Tomelloso ha tenido ese aire de celebración tranquila, ordenada, de pueblo orgulloso de lo suyo.
Los escolares bailaban al ritmo de la música junto a sus profesores, que han participado activamente en el recorrido animando a sus alumnos para que disfrutasen del momento. Y se ha notado. Se ha notado en la energía de los grupos, en la forma de marcar el paso, en la manera de mantener la sonrisa incluso cuando el trayecto se alarga. El profesorado no ha ido “acompañando”: ha ido empujando la fiesta, sosteniendo el ánimo, cuidando los tiempos, haciendo que cada niño y cada niña se sintiera parte de algo grande.
Ha habido una enorme presencia de familiares durante todo el trayecto, que han llenado las aceras de las calles de paso, creando ese corredor de aplausos tan propio de los desfiles escolares. Las familias han animado a todos los niños y niñas, que han sabido estar “a la altura del tan animado desfile”. Entre palmas y teléfonos levantados, se han visto abrazos al vuelo, saludos insistentes, algún “¡mira, ahí va!” y esa emoción discreta —pero evidente— que aparece cuando el protagonista es tu hijo, tu sobrina, tu nieto, avanzando entre música como si el mundo, por un instante, fuese un escenario amable.
Porque eso es lo que ha tenido este desfile: un ambiente precioso, de los que dejan buen sabor de boca. No era solo un pasacalles; era una manera de decir que el carnaval sigue vivo más allá del mal tiempo, que la tradición puede esperar, pero no se rinde. Tomelloso ha respondido como responde cuando lo que ocurre merece la pena: saliendo a la calle, llenándola de gente, de respeto, de alegría contenida y orgullo compartido.
Todo el recorrido ha sido controlado y organizado en todo momento por la Policía Municipal, que ha garantizado el buen desarrollo de la actividad y la seguridad en el tránsito, con una coordinación constante durante el itinerario. Ese detalle, aparentemente silencioso, es el que permite que la fiesta fluya sin sobresaltos: que cada cruce esté cuidado, que cada tramo esté vigilado, que el desfile avance con calma y que el público disfrute sin preocupaciones.
Al final, lo que queda es la imagen: un colegio entero convertido en carnaval, un pueblo acompañando, y una tregua del cielo que ha sido, casi, un regalo. El CEIP Miguel de Cervantes ha demostrado que su desfile no es solo tradición; es identidad. Y en Tomelloso, cuando la infancia sale a celebrar, la ciudad entera —sin excepción— se pone de su parte.













