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El Azafrán de La Mancha no vive de titulares

Artículo de opinión de Valentina Cabra Carrasco, presidenta de la DOP Azafrán de La Mancha

En las últimas semanas, la escalada de tensiones en Oriente Medio, con epicentro en Irán, ha reactivado un discurso tan recurrente como simplista: el de que cada crisis internacional supone automáticamente una oportunidad para el campo español. En el caso del azafrán, algunos titulares han ido aún más lejos, sugiriendo que la incertidumbre sobre el principal productor mundial abre una ventana de crecimiento para el Azafrán de La Mancha. Conviene, sin embargo, introducir algo de rigor.

Reducir una realidad compleja a una supuesta “oportunidad” es, como poco, precipitado. Los mercados del azafrán no funcionan como vasos comunicantes inmediatos. El producto importado y el azafrán amparado por la marca de calidad DOP Azafrán de La Mancha responden a lógicas distintas en cuanto a calidad, trazabilidad y posicionamiento. Pensar que un conflicto geopolítico puede traducirse de forma directa en una mejora de las condiciones para los productores manchegos no solo es ingenuo, sino que desvía la atención de los verdaderos problemas.

Porque si algo pone de relieve el ruido mediático actual es, precisamente, la invisibilidad estructural de este cultivo. El Azafrán de La Mancha es uno de los grandes embajadores de la Marca España, su prestigio como producto agroalimentario español está fuera de toda duda, pero es también uno de sus grandes olvidados. Lo es, entre otras cuestiones, porque cada vez somos menos los agricultores y agricultoras que lo trabajamos, porque durante décadas se ha considerado un complemento a la renta agraria y porque, mientras tanto, el mercado de importación ha seguido funcionando con eficacia, y a veces con “picaresca”, cubriendo la demanda y creciendo.

Los datos son elocuentes: España ha pasado de ser un productor relevante a niveles casi testimoniales. Y no por una única causa, sino por la combinación de varias: la enorme dependencia de mano de obra en periodos muy cortos, la falta de mecanización, los problemas sanitarios de los cormos, el impacto del cambio climático y, sobre todo, la ausencia de una apuesta decidida por parte de las administraciones.

Ese es el verdadero debate que deberíamos estar teniendo, al menos en Castilla-La Mancha y en lo que a la Denominación de Origen Azafrán de La Mancha respecta, por qué un cultivo con siglos de historia en La Mancha ha llegado a una situación límite. Por qué seguimos trabajando con esquemas productivos del pasado. Y por qué no se han articulado políticas públicas que incentiven su cultivo, como sí ha ocurrido con otros sectores.

Hablar hoy de azafrán es una oportunidad, sí, pero no en el sentido que sugieren algunos titulares. Es una oportunidad para exigir inversión en innovación, avanzar en la automatización de procesos, mejorar la sanidad vegetal y hacer atractivo el cultivo para nuevas generaciones. Es una oportunidad para reforzar los controles de mercado y garantizar al consumidor que sabe lo que compra.

El Azafrán de La Mancha no necesita conflictos internacionales para justificar su valor. Necesita compromiso, visión de futuro y una apuesta real por un cultivo que forma parte de nuestra identidad. Todo lo demás es ruido.

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