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La vida moderna

Artículo de opinión de Rafael Toledo

Yo creo que el tema de las compras por Internet y sus consecuencias se nos ha ido de las manos. Cada día observo en la carretera y en las calles de mi ciudad una gran cantidad de furgones —a una excesiva velocidad o mal aparcados— cuyos conductores pretenden entregar a tiempo sus pedidos a los clientes.

Entendería como beneficioso y esencial este trajín de la paquetería en esa geografía vaciada y aislada que sufre la indiferencia de muchas administraciones y las grandes empresas. Pero los datos nos confirman que son las grandes ciudades las que más utilizan este servicio, saturando un tráfico ya de por sí complicado.

Esta locura en nada se parece a la desaparecida agencia de transportes «Candelas» y su habitual camión Avia al que esperábamos pacientemente que nos trajese desde Madrid los paquetes de reyes que nos enviaba «La tía Dionisia»; a mediados de enero solo el ruido de su motor nos despertaba una ilusión desmedida (cosas de la infancia).

Es cierto que en algunos asuntos nos hemos vuelto muy cómodos pero ante la vorágine de mercancías, lo que mejor entiendo es el reparto a domicilio de los supermercados. Un servicio necesario para los pluriempleados y para aquellos que tienen horarios imposibles, e imprescindible para los mayores intentado aliviarles de una tarea que empieza a ser engorrosa y complicada.

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Ya lo había notado antes, pero el otro día fui plenamente consciente al ver la flotilla de pequeños camiones que había en el aparcamiento del Mercadona.

Pero estas moderneces no son tan nuevas como parecen. Ya a finales de los sesenta y en la capital había cometidos como este, aunque es cierto que solía ser una tarea que empezaban a demandar las clases medias.

Y ahora vuelve a aparecer la tía Dionisia, pariente paterno que, particularmente, nos ha dejado huella por su generosidad y hospitalidad. Ella junto a sus hijos residían en aquel Madrid del extrarradio, concretamente en el popular barrio de Carabanchel. Su casa era apenas una humilde chabola, pero estaba abierta para todos los familiares que viniesen a tramitar cualquier asunto, pero sobre todo por las citas médicas. Viajar a la capital para confirmar un diagnóstico era algo recurrente cuando la sanidad en los pueblos era precaria, aunque ahora tampoco estamos sobrados.

Sin embargo, y cada cierto tiempo, también viajábamos invitados a las bodas de alguno de sus hijos. Aquellos días sí que eran una gran novedad, sobre todo porque los más pequeños descubríamos la vorágine de una capital que empezaba a modernizarse.

Cómo me sorprendían aquellos enormes autobuses azules oscuros que nos llevaban al centro. Nuestra mentalidad infantil nos hacía creer que, desde la parada de la Plaza Elíptica hasta el comienzo del Paseo de Santa María de la Cabeza, había una enormidad y, además, teníamos que atravesar el puente de Praga para cruzar el minúsculo río Manzanares.

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Unos años más tarde, y desahuciados por el ayuntamiento de la capital, un par de aquellos cacharros se utilizaban en Valdepeñas para ir al paraje del Peral.

Qué decir del metro con el traqueteo ruidoso de los convoyes, sus vagones eran de un color rojo cereza y repletos de remaches que le aportaban una imagen de solidez y fortaleza. Además, y ante la ausencia de megafonía, había una gran cantidad de placas y carteles para orientarse. Supongo que los iletrados debían tener serias dificultades para transitar por aquellos túneles; pero quizás lo que más me llamaba la atención era aquel olor tan inconfundible.

Sin embargo, la tía Dionisia con su desparpajo nos llevaba al centro para ver cualquier cosa, sobre todo comercios, pero también íbamos al Retiro a pasear por la Rosaleda, a ver el estanque con sus barcas o la Casa de Fieras.

Aquella estancia en Madrid era fiesta para nosotros, pues muchos días comíamos pollo frito con patatas, helados y horchata e incluso podíamos beber vino con casera, aunque rebajado con cubitos de hielo. Lo que menos nos gustaba era la sopa de sobre de Avecrém que compraban en el supermercado SPAR del barrio donde nos sorprendía la comodidad de ir cogiendo los productos de las estanterías. No como en la tienda de comestibles de la Ana María en el pueblo, que todo lo despachaba envolviéndolo con papel de estraza.

Seguramente en aquel 1969 también pudimos ir al cine de verano a ver «El taxi de los conflictos» una película de estreno que protagonizaban un reparto coral donde destacaba el actor Juanjo Menéndez. —Es muy posible que fuese en la terraza de verano del cine Vista Alegre que quedaba más cerca—.

Todo era novedoso para nosotros, la valla alta de ladrillo oscuro del reformatorio de Puerta Bonita nos infundía cierto recelo. También nos llamaba la atención la plaza de toros de Vista Alegre donde siempre solía haber algún maletilla esperando una oportunidad.

Algunas tardes Pedro, un yerno de la tía Dionisia, me invitaba a acompañarle en el reparto a domicilio del recién inaugurado Corte Inglés de Castellana. Y así, antes de iniciar la ruta, me paseaba ufano por el moderno centro comercial que tenía escaleras mecánicas y aire acondicionado y que a aquellas intempestivas horas de la siesta, estaba casi vacío. Después, con su DKW repleta de mercancía recorríamos diferentes barrios de la capital.

En aquellos años el tráfico ya empezaba a ser complicado en Madrid, pero siempre había un lugar donde aparcar; además, las casas de los clientes solían tener ascensor. Luego, de las propinas, me solía dar unas pesetas para comprar chucherías. Y una vez me compró una camisa roja con cuello de tirilla que estaba rebajada. ¡Lo que pude presumir en el pueblo con aquella prenda! —que me duró mucho tiempo porque a pesar del precio tenía calidad—.

Tiempos modernos que anunciaban la propensión al consumo. Consumir, consumir apasionadamente, consumir insolidariamente, como cantaba Pedro Guerra en una de sus canciones.

Ahora, al ver en la calle o en el portal a cualquier repartidor de las múltiples empresas me viene a la memoria aquella experiencia premonitoria.

Pero frente a la nostalgia prevalece una realidad plagada de prisas y urgencias, porque es imposible aparcar y las carreteras están colapsadas. También se imponen las compras por internet y nos conformamos con la fugacidad de un instante en esta vida moderna  que, a ratos, me sobrepasa y agobia.

Rafael Toledo Díaz

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