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La escalera que desciende al corazón de Tomelloso: el ingenio oculto tras las puertas de sus históricas cuevas

Un elemento aparentemente cotidiano se convierte en una pieza fundamental de la arquitectura subterránea tomellosera, donde cada peldaño refleja la adaptación, el trabajo y la sabiduría de generaciones de agricultores

Las cuevas de Tomelloso esconden bajo tierra un patrimonio único en el mundo, un entramado de espacios excavados durante generaciones que guarda la memoria de la tradición vitivinícola de la ciudad. Entre sus numerosos elementos arquitectónicos, algunos más conocidos y otros prácticamente desconocidos, existe uno que resulta imprescindible para comprender la vida en estos espacios subterráneos: la escalera.

Aunque pueda parecer un simple acceso al interior de la cueva, la escalera representa mucho más. Es el punto de conexión entre la superficie y un universo construido bajo tierra, un elemento diseñado con criterios prácticos que, con el paso del tiempo, también se ha convertido en parte de la estética y personalidad propia de cada cueva.

Según el estudio realizado por Ángel y Sergio Bernao y tras la visita a más de 620 cuevas de Tomelloso, la escalera se ejecutaba generalmente después de finalizar la excavación principal de la cueva. Su ubicación respondía a una planificación sencilla pero eficaz: se proyectaba de forma perpendicular a uno de los laterales del espacio subterráneo, ya fuera sobre el lado más largo o sobre el más corto de la construcción.

La elección del punto donde comenzaba el picado de la escalera no respondía a cálculos técnicos modernos, sino a la experiencia acumulada por los agricultores. De manera aproximada, mediante pasos y mediciones tradicionales, determinaban el lugar más adecuado para iniciar su construcción.

Una inclinación adaptada al terreno y a las necesidades de cada cueva

Uno de los aspectos más llamativos de estas escaleras es su inclinación. No todas presentan las mismas características, ya que dependían fundamentalmente de dos factores: la distancia hasta la base de la cueva y el grado de pendiente que se pretendía conseguir.

En las cuevas tomelloseras, la inclinación suele situarse entre los 45 y los 62 grados, con una media aproximada de 54 grados, una medida que permitía salvar el desnivel existente entre la superficie y el interior sin restar demasiado espacio útil a la cueva.

Los primeros escalones fueron realizados, en muchos casos, aprovechando la propia tierra compactada de la excavación. Algunos todavía permanecen en determinadas cuevas, aunque con el paso del tiempo presentan un desgaste que podía provocar el allanamiento de los extremos y aumentar el riesgo durante el descenso o ascenso.

Las dimensiones de estos escalones también responden a una lógica muy concreta: aprovechar al máximo la capacidad de almacenamiento de la cueva. De las 637 cuevas analizadas, la mayoría presenta una anchura reducida de la huella —la zona donde se apoya el pie— situada entre los 0,65 y 0,85 metros, mientras que la contrahuella oscila entre los 0,15 y 0,32 metros, con una media aproximada de 21 centímetros.

En aquellas zonas donde existían descansillos, estos espacios podían alcanzar unas dimensiones de entre 0,50 y 0,60 metros, facilitando el tránsito en un recorrido que, en muchas ocasiones, debía realizarse cargando productos o utensilios.

De las tinajas de barro a los mosaicos: la evolución de una pieza esencial

La historia de las escaleras también está ligada directamente al momento de esplendor de las grandes tinajas de barro. Durante esa época, muchas fueron dejadas inicialmente con una superficie lisa y asfaltada, una solución práctica para facilitar la bajada de las enormes tinajas hasta el interior de la cueva.

Una vez finalizado este proceso, se procedía a crear los escalones definitivos. Con el paso de las décadas, muchas escaleras fueron transformándose y adaptándose a las nuevas necesidades. Algunas incorporaron mosaicos decorativos, otras fueron blanqueadas con cal y, más recientemente, se han añadido barandillas laterales de madera o metal para mejorar la seguridad.

Pero la escalera de una cueva tomellosera no solo servía para subir y bajar. En torno a ella surgieron pequeños espacios destinados a la conservación de alimentos y otros usos domésticos. Entre ellos destacan las conocidas “fresqueras”, unos muebles empotrados en la pared realizados con madera y malla metálica que protegían los productos almacenados frente a insectos y permitían conservarlos en unas condiciones óptimas de temperatura.

También existen fresqueras excavadas directamente en la tierra, situadas en los laterales de la escalera a media altura del recorrido. Algunas cuentan incluso con pequeñas divisiones de madera donde se guardaban alimentos procedentes de la crianza, vinos y otros productos de aprovechamiento familiar.

Las contraminas y los últimos secretos del descenso

Otro de los elementos singulares vinculados a la escalera son las denominadas “contraminas”, unos pequeños pasadizos excavados desde la propia escalera que permitían acceder a la parte superior de las tinajas.

Estos recorridos, situados aproximadamente a unos 20 o 25 centímetros de la altura de las tinajas, facilitaban el acceso a zonas de paso y a los espacios existentes entre los grandes recipientes de barro, permitiendo realizar tareas relacionadas con la elaboración y conservación del vino.

Y como punto final de este recorrido subterráneo, al terminar la escalera aparece uno de los elementos más tradicionales de las cuevas: la tinaja del gasto, del relleno y/o del vinagre, una pieza que resume la importancia que tuvo el vino en la vida económica y social de Tomelloso.

Las escaleras de las cuevas son, por tanto, mucho más que un conjunto de peldaños excavados en la tierra. Son una muestra del ingenio de quienes construyeron este impresionante patrimonio subterráneo, una huella física de una forma de vida y un testimonio silencioso de la historia de Tomelloso.

El recorrido por los secretos de las cuevas continuará en próximos artículos con nuevos detalles sobre estos espacios únicos que siguen conservando, bajo tierra, la esencia de generaciones enteras.

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