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PISA: No necesitamos maquillar la foto, hay que mejorar la realidad

Artículo de opinión de Ascensión Palomares

En los últimos informes PISA he insistido en que los resultados educativos deben servir para corregir el rumbo, no para esconder las carencias. Si queremos preparar a nuestros jóvenes para el futuro, hay que escuchar al alumnado, a los docentes y a las familias, y recuperar una verdadera cultura del cuidado.

Hay algo peor que obtener malos resultados en educación: tenerlos y dedicar más esfuerzos a disimularlos que a analizar y solucionar sus causas. La educación es demasiado importante para reducirla a una clasificación, a veces incluso manipulada.

PISA solo puede decirnos dónde estamos, pero no puede decidir por nosotros hacia dónde queremos ir. Por eso hay que analizar qué ha funcionado, escuchar a quienes lo han hecho posible, corregir lo que aún falla, disponer de una inversión adecuada y, sobre todo, cuidar a quienes enseñan y a quienes aprenden.

El mundo que encontrarán nuestros jóvenes será más tecnológico, más cambiante y probablemente más incierto. Necesitarán conocimientos sólidos, pero también pensamiento crítico, creatividad, capacidad para trabajar con otros, autonomía, responsabilidad y la habilidad de seguir aprendiendo durante toda la vida.

La verdadera prueba educativa no se realiza cada tres años. Se celebra cada día en nuestras aulas.

El mejor resultado no es ocupar un determinado puesto en una clasificación internacional. Es conseguir que el alumnado con dificultades no abandone, que un docente pueda enseñar con ilusión, que una familia se sienta parte de la escuela y que nuestros jóvenes salgan preparados no solo para aprobar exámenes, sino para vivir con dignidad y responsabilidad en una sociedad que cambia rápidamente.

Los resultados de PISA 2025 ofrecen, en el caso de Castilla-La Mancha, motivos para valorar una evolución positiva. La región se sitúa por encima de la media española en las tres competencias y mejora notablemente su posición relativa: en Ciencias pasó del 15.º puesto en 2022 al 6.º en 2025; en Lectura, del 13.º al 5.º; y en Matemáticas, del 14.º al 6.º. En Ciencias, además, es la única comunidad que mejora su puntuación absoluta (+10 puntos, hasta 485).

Son datos que debemos conocer y valorar. Pero también debemos preguntarnos algo más importante: ¿por qué mejoramos la posición?, ¿qué ha funcionado?, ¿qué debemos mantener y qué necesitamos cambiar todavía?

Los datos de PISA no deben servir únicamente para fabricar titulares. Deben servir para aprender.

Esta reflexión resulta especialmente necesaria cuando miramos hacia atrás. En PISA 2022, Castilla-La Mancha obtuvo 464 puntos en Matemáticas, 468 en Lectura y 475 en Ciencias, frente a los 472, 476 y 485 de media de la OCDE. El último informe vuelve a situarnos ante una realidad que, para quienes conocemos de cerca nuestras aulas, no resulta especialmente sorprendente. Los datos pueden discutirse, analizarse y contextualizarse —y deben hacerlo los expertos—, pero difícilmente pueden ignorarse. Tenemos problemas educativos que requieren respuestas serias, sostenidas y valientes.

Lo verdaderamente preocupante aparece cuando el debate deja de centrarse en cómo mejorar el aprendizaje y comienza a girar en torno a cómo conseguir una mejor fotografía. Las denuncias sobre posibles irregularidades cometidas en algunas comunidades para mejorar los resultados, si finalmente se confirman, deberían hacernos reflexionar profundamente. ¿Qué sentido tiene mejorar una estadística si para ello empeoramos la verdad?

PISA no debería ser un examen que los sistemas educativos intenten aprobar. Debería ser una herramienta para saber dónde estamos y, sobre todo, para preguntarnos hacia dónde queremos ir.

El problema no se arregla cambiando una cifra. Se arregla cambiando determinadas realidades. Y para hacerlo hay que empezar por una evidencia que con demasiada frecuencia olvidamos: la educación sucede en las aulas y en las familias, no en los despachos.

Cualquier transformación educativa que pretenda ser duradera necesita a los docentes. Sin docentes no hay reforma posible. No como ejecutores de reformas diseñadas por otros, sino como protagonistas. Son ellos quienes conocen las dificultades concretas del alumno, quienes detectan antes que nadie los problemas de aprendizaje y quienes saben qué medidas funcionan y cuáles se quedan en el papel. Resulta difícil entender que se puedan aprobar grandes reformas educativas sin escuchar lo suficiente a quienes tendrán que hacerlas realidad cada día.

Tampoco podemos dejar fuera a las familias. La escuela no puede educar sola. La familia tampoco. Cuando ambas caminan en direcciones diferentes, quien pierde es el alumno. Necesitamos reconstruir una alianza educativa basada en la confianza, la corresponsabilidad y el respeto mutuo.

Hay que invertir más y mejor. La discusión no puede limitarse a cuánto dinero se dedica a la educación. También debemos preguntarnos cómo se utiliza y qué resultados producen esa inversión. Necesitamos reforzar la atención a la diversidad, mejorar la orientación, abordar seriamente la educación para la salud, apoyar al alumno con mayores dificultades, reducir las ratios, mejorar la formación de los profesionales y dotar a los centros de estabilidad.

Además, necesitamos algo que quizás sea menos visible en los presupuestos, pero mucho más decisivo: tiempo para enseñar, tiempo para escuchar, tiempo para coordinarse y tiempo para que una familia y los docentes puedan hablar antes de que un problema se convierta en un fracaso.

La cultura del cuidado no es bajar el nivel. Hablar de cuidado no significa construir una educación sin esfuerzo ni exigencia. Significa exactamente lo contrario: crear las condiciones para que el esfuerzo tenga sentido y pueda sostenerse. El estudiante necesita que se le exija, pero también que alguien cree en sus posibilidades. Un docente necesita responsabilidad, pero también reconocimiento y apoyo. Una familia necesita participar, pero también sentirse parte de la comunidad educativa.

Cuidar es prevenir el abandono, atender las dificultades a tiempo, mejorar la convivencia, proteger la salud emocional y conseguir que cada estudiante pueda desarrollar sus capacidades. Todo ello no es incompatible con la excelencia. Es una de sus condiciones.

Debemos educar para el futuro y ser elementos clave de un futuro diferente, al que debemos cuidar para vivir con dignidad, no solo para el próximo ranking.

Personalmente considero que el error más profundo es que seguimos hablando de educación con una mirada demasiado corta y poco transparente.

PISA debería provocar algo más que titulares durante unas semanas. Deberíamos obligarnos a preguntarnos qué escuela queremos, qué sociedad estamos construyendo y qué estamos haciendo hoy para preparar a quienes vivirán en ella mañana.

Por tanto, no necesitamos maquillar la foto. Necesitamos mejorar la realidad que la fotografía intenta reflejar. Y para conseguirlo hacen falta menos batallas partidistas, menos obsesión por los rankings y más compromiso. Y, sobre todo, una política educativa que entienda, de una vez por todos, que educar no es fabricar resultados: es cuidar, exigir, acompañar y preparar para la vida sin ningún tipo de discriminación.

Dra. Ascensión Palomares Ruiz

Catedrática de Didáctica y Organización Escolar

Presidenta de la Asociación Europea “Liderazgo y Calidad de la Educación”

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