“Del infierno al cielo en 2 horas”

La Fundación Madrina rescata a una familia con cuatro hijos de un hotel ocupado sin agua ni luz y la traslada a un hogar digno en Toledo. En apenas dos horas, una familia pasó de la oscuridad, el miedo y la insalubridad a la luz, la dignidad y la esperanza. Pero aún quedan 115 familias esperando salir del infierno, pero para sus hijos, el tiempo no puede esperar.

Lo que ocurre a escasos kilómetros del centro de Madrid no es pobreza: es emergencia humanitaria. La Fundación Madrina ha rescatado y realojado a una familia peruana con cuatro hijos menores que sobrevivía en condiciones extremas en un hotel ocupado en Coslada, donde malviven 115 familias y cerca de 250 niños sin acceso a agua, luz, ventilación ni condiciones mínimas de salubridad.

En menos de dos horas, esta familia pasó de un entorno insalubre y peligroso a una vivienda digna en un municipio de Toledo. Un traslado que simboliza, en palabras de la propia entidad, “el paso literal del infierno al cielo”.

El infierno: “infancia entre ratas, oscuridad y miedo”

El edificio ocupado —un antiguo hotel en estado de abandono— presenta condiciones de extrema precariedad que comprometen gravemente la salud y la seguridad de sus habitantes. Las habitaciones carecen de puertas y ventanas; no existe acceso a agua corriente ni suministro eléctrico; y la presencia constante de ratas, humedad y acumulación de basura agrava aún más una situación ya de por sí insostenible. Las familias se ven obligadas a cocinar con infiernillos de gas, con el consiguiente riesgo de incendio o intoxicación, en espacios desmantelados que no reúnen las mínimas condiciones de seguridad estructural.

En este contexto, las familias viven prácticamente confinadas, sin posibilidad de ventilar sus estancias por miedo a la entrada de roedores. Los menores no pueden desarrollar una vida cotidiana normal: no estudian en casa, ya que las condiciones lo impiden, y realizan sus tareas escolares en el colegio, utilizando sus habitaciones únicamente para dormir.

Cada día, las madres recorren varios kilómetros hasta una fuente en Canillejas para abastecerse de agua. Sin embargo, denuncian que los conductores de autobús ya no les permiten acceder con garrafas, lo que limita aún más su acceso a un recurso básico e imprescindible.

La situación se ve agravada por un clima constante de miedo e inestabilidad. Se producen intervenciones policiales frecuentes que derivan en desahucios, lo que obliga a muchas familias a esconderse en sus habitaciones ante cualquier presencia externa. A ello se suma la actuación de redes mafiosas que se aprovechan de su vulnerabilidad, llegando a cobrar hasta 900 euros por habitaciones que carecen de las más elementales condiciones de habitabilidad.

Pese a todo, muchas de estas familias mantienen una vida laboral activa. Su demanda es tan simple como profundamente reveladora: desean acceder a una vivienda digna por la que están dispuestas a pagar, pero encuentran un rechazo sistemático por el hecho de tener hijos. Como ellas mismas expresan: “Queremos pagar una casa, pero nadie nos alquila por tener hijos.”

“Lo que vimos ese día no era pobreza, era miseria; era abandono institucionalizado. Familias con niños durmiendo en espacios sin puertas, sin luz, sin agua, pagando cantidades abusivas a intermediarios que se enriquecen con su necesidad. Llevar a esa familia de ese edificio a una casa con patio en Alcañizo en menos de dos horas fue, literalmente, pasar del infierno al cielo. Y eso es exactamente lo que Fundación Madrina lleva treinta años haciendo: tender el puente que las instituciones no tienden.”

— Conrado Giménez, Presidente y fundador de Fundación Madrina

El traslado: “del miedo a las raíces”

Ricardo C., de 42 años, llegó a Alcañizo junto a su esposa María F., de 31 años, sus cuatro hijos —de 12, 10, 7 y 2 años— y una prima de 28 años que asumió el cuidado de los menores mientras los padres iniciaban su búsqueda de empleo. El segundo de los hijos, de diez años, tiene Trastorno del Espectro Autista (TEA). En el edificio de Canillejas, toda la familia compartía un único espacio sin ventanas ni puertas. En Alcañizo, les esperaba una casa amueblada de unos 140 metros cuadrados con patio central, en perfecto estado, sin humedades, cedida en alquiler por una vecina del municipio a un precio simbólico de 250 euros mensuales, gracias a la mediación del Ayuntamiento.

Lo primero que hizo la hija mayor al entrar fue elegir su habitación. Anunció con determinación que aquella era su cuarto, que quería dormir sola y que para entrar habría que pedir permiso. En el equipo de Fundación Madrina, la escena arrancó carcajadas cargadas de emoción. Era la imagen perfecta de lo que significa tener un hogar: el derecho a un espacio propio.

Desde el primer día, las prioridades fueron claras: el empadronamiento de toda la familia y la incorporación inmediata de los niños al colegio local. La llegada de cuatro nuevos alumnos fue, además, decisiva para el futuro del centro educativo: la escuela del pueblo, que contaba con un solo alumno con TEA entre sus cuatro matriculados —insuficientes para evitar el cierre según los umbrales de la administración—, pasó a tener ocho alumnos, dos de ellos con necesidades educativas especiales. El cierre quedó suspendido.

 “Cuando entramos a esa casa y vi a mi hija corriendo hacia su habitación y diciendo que era suya… se me hizo un nudo en la garganta. En Canillejas dormíamos todos juntos en un sitio sin ventanas, con ratas, con frío. Aquí hay un patio, hay luz, hay silencio. Mis hijos van a poder hacer los deberes, van a poder jugar. Yo sé trabajar la tierra y sé construir. Solo necesitaba un lugar donde hacerlo con mi familia.”

— Ricardo C., 42 años, Padre de familia · Alcañizo, Toledo

“Mi hijo necesita estabilidad, rutinas, que lo traten como lo que es: un niño. Saber que en la escuela ya había otro niño como él, que no iba a estar solo en eso, fue un alivio enorme. Llevábamos casi dos años sobreviviendo. Ahora vamos a vivir de verdad.”

— María F., 31 años, Madre de familia · Auxiliar de ayuda a domicilio

La llegada: «el descubrimiento de la dignidad»

Cuando el equipo de la Fundación Madrina logró sacar a esta familia, la reacción fue inmediata, todas las familias bajaron para solicitar una vivienda y ayuda para la Fundación Madrina.

Durante el trayecto hacia Toledo, los niños se maravillaban al ver animales y naturaleza: una experiencia desconocida para quienes han vivido encerrados en la oscuridad. Al llegar a la vivienda —con agua, luz, baño, internet y habitaciones individuales— se produjo una escena que resume todo: “La hija adolescente eligió su habitación y dijo: “Esta es mi habitación. No quiero que nadie entre sin mi permiso.” Por primera vez, la pequeña tenía un espacio propio. Para la familia, el cambio no es solo físico, es emocional: ”de sobrevivir a empezar a vivir”.

Una oportunidad real: «trabajo, futuro y raíces»

El padre, carpintero de profesión, ya ha iniciado contactos en el municipio. Existe la posibilidad de incorporarse al relevo de un ganadero local próximo a jubilarse, o bien trabajar en el sector de la carpintería y construcción, para integrarse plenamente en la economía local.

La familia no pide ayudas extraordinarias. Solo pide lo básico: “Una casa con agua y luz, y la oportunidad de trabajar.”

Un problema estructural: “niños que excluyen del hogar”

La Fundación Madrina alerta de una realidad creciente, “las familias con menores son rechazadas sistemáticamente en el mercado de alquiler”.

La maternidad y la infancia se convierten así, en un factor de exclusión residencial, lo que empuja a muchas familias a meterse en redes ilegales de alojamiento o a situaciones de ocupación extrema.

Mientras tanto, los servicios sociales no están ofreciendo soluciones eficaces ni sostenibles, perpetuando el ciclo de exclusión.

Proyecto Rural: «una solución real para dos crisis»

Este rescate de la familia con menores a cargo, forma parte del Proyecto Pueblos Madrina, una iniciativa que conecta por un lado a las familias vulnerables con hijos menores en edad escolar, y por otra parte, con municipios rurales con necesidad de población activa.

El modelo genera un impacto positivo y doble. Por una parte “rescata a familias de la exclusión extrema”, y por otra “revitaliza pueblos afectados por la despoblación”.

Finalmente, la Fundación Madrina se ha comprometido a realojar a las 115 familias que quedan en el Hotel en situación de alojamiento y riesgo extremo, siempre que encuentren municipios dispuestos a acogerlas.

Una llamada urgente

Lo ocurrido en Coslada no es un caso aislado. Es el reflejo de una emergencia silenciosa que acoge a cientos de niños creciendo sin condiciones básicas de higiene, salubridad y alojamiento, con familias trabajadoras sin acceso a vivienda por tener hijos y que incluye a redes ilegales lucrándose de la desesperación y vulnerabilidad social.Por ello, la Fundación Madrina hace un llamamiento urgente a todos los Ayuntamientos de España y Portugal, que quieran acoger familias. También a Propietarios dispuestos a alquilar con garantías; y por último a Empresas que ofrezcan oportunidades laborales a familias que desean salir adelante. Finalmente, la entidad solicita de las Instituciones públicas para que activen 

“Del infierno al cielo en 2 horas”
Imagen de la familia ante el hotel abandonado en el que vivían de okupas.
“Del infierno al cielo en 2 horas”
Imagen de la familia ante su nueva vivienda en Alcañizo (Toledo)

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