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Al otro lado de los pirineos

Artículo de opinión de Antonio de Miguel

Siempre he seguido con profunda atención lo que sucede en Francia. Pasé mis veranos en un campamento juvenil en plenos Alpes franceses. Haber vivido la convivencia directa con jóvenes parisinos de la banlieue de Thiais en los Alpes, me  permitió, ademas de hacer un montón de amigos parisinos, entender la realidad francesa desde una perspectiva muy rica y cercana, lejos de los puros tópicos y estereotipos, que los había, los hay y muchos.

Mis veranos cobraban un sentido completamente diferente en aquel campamento juvenil; al principio, el contraste era total: yo venía de aquella Guadalajara de los años 70 y ellos traían consigo la energía desbordante, el ritmo rápido y los códigos propios de un municipio del cinturón sur parisino. Sin embargo, los Alpes igualaban todo, bastaban un par de rutas de senderismo cuesta arriba, por esos “picazos”, para que las diferencias se borraran por completo. Entre el esfuerzo de las marchas, las risas y mis intentos por seguirles el ritmo cuando hablaban francés, la distancia inicial desaparecía. Mi momento favorito era el atardecer, cuando nos sentábamos juntos a compartir el goûter, esas meriendas francesas tan deliciosas; ahí, la intensidad de los jóvenes parisinos de la banlieue se transformaba en pura complicidad, risas y confidencias. Convivir con ellos en pleno corazón alpino me demostró que, sin importar de dónde vengamos, la juventud comparte siempre el mismo idioma cuando se trata de hacer amigos y vivir una aventura en un medio natural.

Francia, hoy se enfrenta a una ola de disturbios urbanos y protestas estudiantiles impulsadas por el descontento ante recortes presupuestarios en la educación pública y un plan gubernamental para reducir la deuda pública. La situación ha dejado cerca de dos mil detenidos, la parálisis de más de mil centros educativos y una creciente tensión política de cara a las elecciones presidenciales de 2027. Al otro lado de los Pirineos, en España, la situación no es idéntica, pero tampoco tan diferente como algunos podrían pensar. El uso político de estas movilizaciones son muy similares; allí buscan canalizar y usar el descontento social para obtener ventajas electorales y legislativas. La izquierda radical (LFI) respalda las protestas estudiantiles para unificar el descontento contra los recortes del Gobierno; el Ejecutivo aprovecha los disturbios para centrar el debate en la seguridad y tachar a la oposición de irresponsable; y la derecha de Le Pen utiliza el caos callejero para reforzar su agenda de «ley y orden» de cara a las elecciones presidenciales. En España, es la izquierda y el Gobierno quien instrumentaliza la presión de las manifestaciones por la vivienda.

Uno de los aspectos más preocupantes de la situación francesa es la dificultad para encontrar acuerdos políticos duraderos. La fragmentación parlamentaria, los enfrentamientos entre partidos y las tensiones presupuestarias complican la capacidad del Gobierno para sacar adelante sus decisiones. España tampoco es ajena a esta realidad, la aritmética parlamentaria obliga a negociar constantemente y convierte muchas decisiones importantes en una compleja partida de equilibrios políticos. Negociar es consustancial a una democracia plural, el problema aparece cuando la ciudadanía percibe que las disputas entre partidos ocupan más espacio que las soluciones a los problemas reales.

Mientras se discuten estrategias, pactos y cálculos electorales, miles de familias siguen afrontando dificultades para pagar el alquiler, hacer frente a la cesta de la compra o mantener su nivel de vida. La distancia entre las prioridades, los intereses y las conveniencias de la política institucional y las preocupaciones cotidianas puede convertirse en un combustible peligroso para la desconfianza. Francia tiene una larga tradición de movilizaciones, huelgas y protestas. Los chalecos amarillos, las grandes manifestaciones contra la reforma de las pensiones y las recientes movilizaciones muestran que la calle continúa siendo un espacio central de expresión política. España también conoce ese fenómeno. El 15-M, las mareas ciudadanas, las protestas contra los desahucios y las movilizaciones por la vivienda son ejemplos de cómo el descontento puede articularse fuera de los partidos tradicionales.

La protesta es un derecho fundamental y una herramienta legítima de participación democrática, pero conviene no confundir la movilización pacífica con actos violentos y con la politización y uso electoral y partidista de nuestros problemas. Quizá uno de los paralelismos más inquietantes entre Francia y España se encuentre en las expectativas de los jóvenes. Durante décadas, la promesa de progreso estuvo asociada al esfuerzo, la formación y el trabajo. Estudiar, encontrar un empleo y ahorrar permitía imaginar una vida independiente. Hoy, esa secuencia ya no garantiza el mismo resultado. Los salarios, el precio de la vivienda, la precariedad de determinados empleos y la incertidumbre económica han alterado las expectativas de muchos jóvenes.

No se trata de idealizar el pasado ni de afirmar que las generaciones anteriores no tuvimos dificultades; se trata de reconocer que una sociedad que no consigue ofrecer perspectivas razonables a quienes comienzan su vida adulta corre el riesgo de debilitar su propio contrato social. Cuando una parte de la juventud siente que el futuro está reservado a quienes ya disponen de recursos, la frustración puede transformarse en apatía, desconfianza o movilización. Cada país tiene sus propias instituciones, tradiciones de protesta, equilibrios políticos y problemas económicos; pero existe una relación inevitable entre el descontento social y los disturbios. Una democracia no se mide únicamente por su capacidad para celebrar elecciones, sino también por su capacidad para escuchar, corregir errores y mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Gobernar no consiste solo en resistir hasta las próximas elecciones; también implica asumir responsabilidades, explicar decisiones difíciles y demostrar que la política puede cambiar la realidad.

El verdadero peligro no es la protesta, sino la desconexión. Francia nos muestra un escenario de tensión que invita a la reflexión. España comparte algunas de las condiciones que alimentan ese descontento, aunque no esté atravesando exactamente la misma situación. La lección que se puede extraer no es que ambos países estén condenados a vivir una crisis idéntica, es que ningún sistema político debería dar por garantizada la paciencia de sus ciudadanos. Porque el mayor problema de una democracia no es que sus ciudadanos salgan a la calle para exigir cambios; el problema empieza cuando demasiadas personas dejan de creer en sus instituciones, desconfían es sus políticos y en que sus problemas les importan de verdad.

Antonio de Miguel

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