spot_imgspot_imgspot_img

Cada mujer asesinada es un fracaso colectivo

Artículo de Ascensión Palomares

Dos mujeres más asesinadas. Con los crímenes de Llanes y Murcia, ya son 35 las mujeres asesinadas por violencia machista en lo que va de 2026. Y volverá a ocurrir lo de siempre: minutos de silencio, declaraciones institucionales, condenas unánimes, promesas de revisar protocolos y titulares que desaparecerán en apenas unas horas. Después llegará el siguiente asesinato. Y volveremos a actuar como si cada crimen fuera una tragedia imprevisible.

No lo es.

La violencia machista no aparece de un día para otro. No nace cuando un hombre empuña un arma, aprieta unas manos o decide que una mujer no tiene derecho a seguir viviendo. Empieza mucho antes: cuando se normaliza el control; cuando se confunden los celos con el amor; cuando se tolera la desigualdad; cuando el machismo se minimiza y cuando muchos jóvenes siguen aprendiendo que dominar es querer.

Y ahí es donde estamos fracasando.

España ha avanzado en leyes, en protección institucional y en recursos especializados. Todo ello ha sido imprescindible y ha salvado vidas. Pero mientras seguimos reforzando la respuesta cuando la violencia ya existe, seguimos relegando la prevención al último lugar de la agenda política. Actuamos cuando la mujer ya tiene miedo, ya ha denunciado, vive amenazada o cuando ya corre peligro. Llegamos siempre tarde.

¿Por qué seguimos aceptando que la educación en igualdad dependa de debates ideológicos? ¿Por qué permitimos que formar en respeto, libertad y relaciones sanas sea objeto de confrontación política? ¿Desde cuándo enseñar derechos humanos puede considerarse una opción y no una obligación del Estado?

Cada asesinato demuestra que no basta con proteger; hay que impedir que aparezcan los agresores del futuro.

La prevención comienza en las aulas, pero no termina en ellas. Se inicia en las familias, en los medios de comunicación, en las redes sociales y en cada espacio donde se construyen referentes. Educar no es únicamente en transmitir conocimientos; consiste en formar ciudadanos incapaces de justificar la violencia, de ejercer el control o de aceptar la desigualdad como algo natural.

No necesitamos más discursos de indignación que duren lo mismo que un ciclo informativo. Resulta imprescindible una política de Estado sostenida, valiente y evaluable. La coeducación, la educación afectivo-sexual basada en los derechos humanos y la prevención de la violencia machista deben convertirse en pilares irrenunciables del sistema educativo. Hace falta formar al profesorado, acompañar a las familias y dotar de recursos suficientes a quienes trabajan cada día para prevenir esta violencia.

Resulta imprescindible dejar de mirar hacia otro lado.

Porque cada vez que se cuestiona la educación en igualdad, se ridiculizan estos programas, se recortan recursos destinados a la prevención, se está debilitando una de las herramientas más eficaces para salvar vidas. Esa responsabilidad tiene nombres y consecuencias.

No podemos resignarnos a contar mujeres asesinadas como quien actualiza un marcador. Ninguna sociedad democrática debería acostumbrarse a convivir con esta barbarie. Cada víctima representa una derrota colectiva. Cada asesinato es una pregunta que nos interpela a todos: ¿qué más tiene que ocurrir para entender que prevenir es mucho más importante que lamentar?

Como catedrática y defensora de los derechos humanos, me niego a aceptar que la educación siga ocupando un lugar secundario mientras seguimos sumando víctimas. La igualdad no puede depender del color político de un gobierno. La protección de las mujeres no admite cálculos electorales. La vida no puede esperar.

No escribo estas líneas para expresar tristeza. La tristeza ya no basta.

Escribo desde la indignación, desde la responsabilidad y desde la convicción de que cada asesinato que no hemos sabido prevenir nos obliga a hacer mucho más.

Porque la verdadera pregunta no es cuántas mujeres han sido asesinadas este año.

La verdadera pregunta es cuántas más estamos dispuestos a perder antes de hacer de la educación la primera gran política de prevención.

Cada mujer asesinada no es solo una víctima de la violencia machista; es también una derrota del Estado de derecho y de los valores democráticos que proclaman la igualdad y la dignidad de todas las personas. Mientras una mujer siga siendo asesinada por el hecho de ser mujer, nuestra democracia tendrá una deuda pendiente.

Y esa deuda empieza a saldarse educando. Porque la educación no puede seguir llegando tarde.

Ascensión Palomares Ruiz

Doctora y Catedrática. Presidenta de la Asociación Europea de Liderazgo y Calidad de la Educación. Defensora de los Derechos Humanos.

Últimas noticias