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El Ferrari que nunca salía: el recuerdo del álbum “A Todo Gas” y aquella máquina de videojuegos soñada

Una historia de cromos, recreos e intercambios que todavía huele a infancia

Hubo una época en la que un simple álbum podía tenerme pendiente durante días. No hacía falta mucho más: unos cromos, marcas relacionadas con el mundo del motor y un premio que para mí sonaba a auténtica maravilla: una máquina de videojuegos.

Así recuerdo el álbum “A Todo Gas”, una de esas colecciones que no se vivían solo en casa, sino también en el colegio, en el kiosco y en la calle. Nosotros íbamos al Carmelo Cortés, y cada recreo era una oportunidad para sacar los repetidos, mirar los que faltaban y empezar las negociaciones con los amigos. La pregunta siempre acababa saliendo: “¿Tienes el Ferrari?”

Muchas veces los cromos los comprábamos en una tienda de la calle San Roque. Entrar allí con unas monedas y salir con un sobre en la mano ya era parte de la ilusión. Luego venía el momento de abrirlo, casi con nervios, esperando que por fin apareciera alguno de los difíciles.

Porque el cromo de Ferrari era el más deseado. El que parecía no salir nunca. El que todos buscábamos y muy pocos podían enseñar. También había otros cromos codiciados, de coches, motos, neumáticos y marcas que olían a velocidad, carreras y gasolina. Pero el Ferrari tenía algo distinto. Era ese hueco que miraba una y otra vez en el álbum, esperando poder llenarlo algún día.

Me acuerdo de abrir los sobres con toda la ilusión del mundo, separar los nuevos de los repetidos y preparar los cambios para el día siguiente. A veces cambiábamos dos por uno, otras incluso tres por uno, si el cromo merecía la pena. En aquel momento parecía una operación importantísima. Y, de alguna manera, lo era.

Completar “A Todo Gas” no era solo pegar cromos. Era acercarse un poco más a aquella máquina de videojuegos que todos imaginábamos en casa. Era competir, esperar, compartir y celebrar cada página que quedaba completa.

Hoy lo recuerdo con una sonrisa. Vuelven a mi cabeza el Carmelo Cortés, aquella tienda de la calle San Roque, las manos llenas de pegatinas, las carpetas dobladas, los amigos alrededor y esa emoción tan limpia de cuando un cromo podía alegrarte la tarde.

Quizá por eso el Ferrari de “A Todo Gas” se me quedó grabado. No era solo una pegatina. Era el pequeño tesoro que todos buscábamos, la pieza que faltaba y uno de esos recuerdos que explican muy bien cómo era nuestra infancia: sencilla, impaciente, divertida y llena de ilusión.

Porque hubo un tiempo en el que la felicidad podía venir dentro de un sobre de cromos. Y yo todavía me acuerdo de aquel Ferrari como si lo estuviera buscando.

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