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Selectividad: entre el mérito y la desigualdad

Cada junio, cerca de 300.000 jóvenes españoles se enfrentan a la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU). Son días de nervios, expectativas y presión para estudiantes y familias. Para muchos, especialmente aquellos procedentes de entornos más vulnerables, no se trata únicamente de un examen: es una prueba que puede condicionar decisivamente su futuro académico y profesional.

La PAU cumple una función necesaria. Permite ordenar el acceso a titulaciones con plazas limitadas y establecer un criterio común de evaluación. Sin embargo, su existencia no debe impedir una pregunta fundamental: ¿compiten realmente todos los estudiantes en igualdad de condiciones?

La evidencia acumulada durante años muestra que los resultados académicos siguen estando estrechamente relacionados con factores socioeconómicos, culturales y territoriales. El acceso a recursos educativos, apoyo familiar, actividades de refuerzo o contextos favorables continúa marcando diferencias significativas en las oportunidades de éxito.

              La reforma de 2026 ha apostado por un modelo más competencial, orientado a evaluar comprensión, análisis y aplicación de conocimientos, más allá de la mera memorización. El objetivo es positivo y responde a las demandas de una sociedad que necesita ciudadanos capaces de pensar críticamente. Sin embargo, persisten interrogantes sobre la homogeneidad de las pruebas, los criterios de corrección y las diferencias existentes entre comunidades autónomas.

En regiones como Castilla-La Mancha, donde miles de estudiantes afrontan estos días los exámenes, estas desigualdades adquieren una dimensión especialmente sensible. Muchos jóvenes proceden de entornos rurales o familias con menos posibilidades económicas para acceder a apoyos educativos complementarios. La igualdad formal de la prueba no siempre garantiza una igualdad real de oportunidades.

Por ello, el debate sobre la Selectividad no debería centrarse únicamente en el examen. La cuestión de fondo es si nuestro sistema educativo está siendo capaz de compensar las desigualdades de origen o, por el contrario, acaba reproduciéndolas. La educación constituye la principal herramienta de inclusión social y movilidad. Cuando falla esa función compensadora, el mérito individual corre el riesgo de quedar condicionado por el punto de partida.

La Selectividad no es solo una puerta de entrada a la universidad. Es también un espejo que refleja las fortalezas y las debilidades de nuestro sistema educativo. El verdadero desafío no consiste únicamente en diseñar mejores exámenes, sino en garantizar que todos los jóvenes lleguen a ellos con oportunidades semejantes para demostrar su talento.

Ascensión Palomares Ruiz, catedrática y presidenta de la Asociación Europea «Liderazgo y calidad de la educación»

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