spot_imgspot_imgspot_img

El verano en que un libro me salvó de la Nada

Durante unos días de vacaciones en familia, descubrí que La historia interminable no hablaba solo de Fantasía, sino también de mis propios miedos, dudas y deseos de crecer.

Durante mi adolescencia hubo un verano que recuerdo de una forma especial. Pasábamos unos días de vacaciones en familia, como hacíamos cada año, y aquel tiempo tenía algo distinto. No por grandes acontecimientos, sino por esa sensación de pausa que aparece cuando la rutina se detiene y uno empieza a mirarse por dentro.

Éramos los de siempre, compartiendo comidas, conversaciones, momentos tranquilos y pequeños hábitos familiares. Entonces todo me parecía normal. Hoy entiendo que aquella repetición sencilla también era una forma de felicidad.

En uno de aquellos veranos leí La historia interminable, de Michael Ende. No recuerdo el día exacto en que empecé el libro, pero sí recuerdo la sensación de tenerlo entre las manos. Era como cargar con un secreto. Lo abría después de comer, por la tarde, o en esos momentos en los que cada uno se quedaba a lo suyo.

Yo era adolescente, y aunque estaba rodeado de mi familia, empezaba a sentir esa distancia extraña que aparece a esa edad. Quería estar con ellos, formar parte de todo, pero también necesitaba apartarme un poco, guardar silencio y encontrar un rincón propio. No era tristeza. Era una confusión íntima, una inquietud que todavía no sabía nombrar.

Me preguntaba quién era, qué lugar ocupaba y por qué a veces me sentía diferente incluso entre las personas que más cerca tenía.

Entonces apareció Bastián Baltasar Bux. Desde las primeras páginas sentí que aquel niño tenía algo mío. No porque mi vida se pareciera a la suya, sino porque reconocí en él una forma de mirar el mundo. Bastián también necesitaba refugiarse. También encontraba en los libros una puerta para escapar, pero no como una huida vacía, sino como un camino hacia algo más profundo.

Él entraba en Fantasía, y yo, sin darme cuenta, entraba en mi propia imaginación.

El libro hablaba de Atreyu, de la Emperatriz Infantil, de criaturas imposibles y de mundos maravillosos. Pero lo que más se me quedó grabado fue la Nada. Aquella amenaza silenciosa que iba borrándolo todo me impresionó más que cualquier monstruo.

Hoy comprendo por qué. La Nada se parecía a ciertos miedos interiores: el miedo a crecer, a perder la capacidad de asombro, a dejar de soñar, a que el mundo adulto fuera borrando poco a poco aquello que nos hacía únicos.

Mientras mi familia vivía aquellos días con naturalidad, yo hacía otro viaje por dentro. Leía en silencio y sentía que el libro me hablaba de algo que no sabía explicar. Todo lo que ocurría en Fantasía parecía tener relación con mis propias dudas, con mis preguntas y con esa etapa en la que uno empieza a dejar de ser niño sin saber todavía quién va a ser.

Aquel libro me enseñó que imaginar no era perder el tiempo. Me enseñó que la fantasía podía decir verdades que la realidad no siempre sabe explicar. Gracias a él entendí que los libros no solo cuentan historias: a veces nos dan palabras para entender lo que sentimos.

En mi caso, me ayudó a reconocer que mi mundo interior tenía valor. Que mi sensibilidad no era una debilidad. Que estar lleno de preguntas también formaba parte de crecer.

Hoy, cuando pienso en aquellos días de vacaciones, no recuerdo solo a mi familia ni la tranquilidad de aquel verano. Recuerdo también al adolescente que fui, sentado en algún rincón con el libro abierto, medio dentro del mundo real y medio dentro de Fantasía.

Recuerdo esa mezcla de compañía y soledad, de infancia que se iba y juventud que empezaba.

La historia interminable se quedó grabada en mi memoria porque llegó en el momento exacto. No fue solo una lectura de verano; fue una forma de comprenderme. Desde entonces sé que algunos libros no terminan cuando cerramos sus páginas. Siguen creciendo dentro de nosotros, como si hubieran encontrado un lugar secreto donde quedarse.

Por eso, cada vez que vuelvo a pensar en aquel verano, siento que el recuerdo sigue vivo. Está mi familia, está el adolescente que fui y está también ese libro que me enseñó que la imaginación puede salvarnos un poco.

Y quizá por eso aquel verano, de alguna manera, nunca terminó del todo.

Últimas noticias