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El XVII Guateque llena Tomelloso de música, nostalgia y recuerdos compartidos

La Peña Los Canuthi volvió a poner alma a una de las celebraciones más esperadas del verano tomellosero.

Los Jardines del Parque de Tomelloso volvieron a convertirse durante la noche del sábado 1 de agosto en un lugar donde el tiempo parecía avanzar en sentido contrario. Las canciones de varias generaciones, los atuendos inspirados en otras épocas y las ganas de compartir transformaron el recinto en una gran celebración de la música y la memoria.

El XVII Guateque de Tomelloso, organizado por la Peña Los Canuthi, recuperó el sonido de los años 60, 70, 80 y 90 en una noche concebida para bailar, reencontrarse y volver a sentir aquellas melodías que acompañaron momentos importantes de muchas vidas.

No hizo falta explicar demasiado lo que allí ocurría. Bastaron los primeros acordes para que el parque comenzara a llenarse de sonrisas, movimientos tímidos y miradas cómplices. Poco a poco, la música hizo desaparecer las distancias entre edades y convirtió la pista en un espacio compartido por quienes vivieron aquellas décadas y por quienes han aprendido a querer sus canciones años después.

Una noche vestida con los colores de otras décadas

La estética volvió a ser una parte esencial del Guateque. Pantalones de campana, camisas estampadas, vestidos de inspiración retro, pelucas, gafas llamativas y complementos llenos de color ayudaron a recuperar la imagen de aquellas fiestas domésticas en las que un tocadiscos, unas pocas canciones y un grupo de amigos eran suficientes para hacer especial cualquier noche.

Los Jardines del Parque ofrecieron nuevamente un escenario lleno de personalidad. Bajo el cielo de una noche de verano, las conversaciones se mezclaron con la música, los saludos con los primeros pasos de baile y las fotografías con el deseo de guardar un recuerdo de la celebración.

En muchos momentos, el Guateque pareció una gran reunión familiar. Había grupos de amigos que habían preparado juntos sus atuendos, parejas que regresaban a canciones de su juventud y personas que se acercaban por primera vez atraídas por una fiesta que, después de diecisiete ediciones, ya forma parte del calendario sentimental de Tomelloso.

Cada canción encontraba su propia historia entre el público. Para unos suponía regresar a los bailes de juventud; para otros, recordar un verano, una amistad o una persona especial. También estaban quienes simplemente se dejaban llevar por melodías que continúan sonando con la misma frescura pese al paso de los años.

La música como puente entre generaciones

El recorrido musical atravesó cuatro décadas fundamentales de la cultura popular. Los sonidos de los años 60 y 70 abrieron la puerta a una época marcada por las primeras grandes canciones juveniles, los conjuntos musicales y los estribillos que comenzaron a cambiar la manera de divertirse.

Más adelante, la noche avanzó hacia los ritmos de los años 80 y 90, décadas asociadas al pop, las pistas de baile y algunos de los temas más reconocibles de la música nacional e internacional. El guateque contó con DJ Marcos, el Show de Osuna y DJ Soraya, encargada del tramo final dedicado especialmente a los éxitos de los ochenta y los noventa.

El cambio entre décadas no rompió el ambiente, sino que fue renovando la energía de la pista. Quienes habían comenzado la noche recordando los años sesenta compartieron espacio con un público más joven, especialmente atraído por las canciones de los ochenta y los noventa.

Esa mezcla volvió a mostrar una de las mayores virtudes del Guateque: su capacidad para reunir a varias generaciones alrededor de una misma canción. El pasado no apareció como algo lejano o detenido, sino como una experiencia viva que podía volver a sentirse a través de la música.

Los Canuthi, el alma de una celebración diferente

La Peña Los Canuthi volvió a aportar a la noche su particular manera de entender las fiestas: cercana, alegre, imaginativa y profundamente vinculada a Tomelloso.

Detrás de cada detalle se percibía el trabajo necesario para mantener la personalidad de una celebración que ha llegado a su decimoséptima edición sin perder su esencia. El Guateque conserva ese equilibrio entre la nostalgia y la diversión, entre el recuerdo de otros tiempos y las ganas de seguir creando momentos nuevos.

La fiesta no se limita a reproducir canciones antiguas. Su verdadera fuerza está en todo lo que sucede alrededor de ellas: los reencuentros, las bromas, los abrazos, las fotografías y esas conversaciones que solo surgen cuando una melodía devuelve de golpe un recuerdo que parecía olvidado.

Los Canuthi habían presentado esta edición como una noche diferente, llena de música, color y diversión en los Jardines del Parque. Ese espíritu volvió a marcar una cita abierta a vecinos y visitantes, con una estética propia y un repertorio pensado para recorrer varias décadas.

Una celebración que también mira hacia el futuro

Aunque el Guateque vuelve cada año la vista hacia el pasado, su continuidad depende también de las nuevas generaciones. La incorporación de sonidos de los años 80 y 90 durante el tramo final buscó ampliar la fiesta y acercarla a quienes descubrieron la música en décadas posteriores.

Esa renovación permite que la celebración no quede encerrada en una sola época. El Guateque recuerda, pero también evoluciona. Mantiene sus canciones esenciales, su estética característica y su ambiente familiar, mientras abre la pista a otros públicos y nuevas formas de vivir la noche.

Así, quienes crecieron escuchando aquellos temas pueden compartirlos con hijos y nietos. La música actúa como un lenguaje común, capaz de superar las diferencias de edad y conseguir que varias generaciones canten el mismo estribillo prácticamente al mismo tiempo.

Cuando las últimas canciones se convierten en recuerdos

Con el paso de las horas, los Jardines del Parque fueron acumulando pequeñas escenas destinadas a permanecer en la memoria: un grupo de amigos bailando sin mirar el reloj, una pareja reconociendo los primeros acordes de una canción, una familia posando con sus atuendos de época o alguien cantando un estribillo que creía haber olvidado.

La nostalgia del Guateque no fue triste. Fue una nostalgia luminosa, llena de vida, que permitió volver a mirar el pasado desde la alegría. Durante unas horas, las canciones dejaron de pertenecer a una década concreta y pasaron a formar parte de una noche compartida por todo Tomelloso.

Cuando la música fue acercándose a su final, quedaron el cansancio feliz de quienes habían bailado, las fotografías tomadas durante la velada y la certeza de haber participado en algo más que una fiesta.

El XVII Guateque de Tomelloso volvió a demostrar que existen canciones que nunca desaparecen. Permanecen guardadas hasta que una nueva noche de verano, una pista de baile y las personas adecuadas consiguen que vuelvan a sonar como la primera vez.

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