Antes de probarlas, muchas veces se escuchan. Las castañas comienzan a crujir sobre el calor y, poco después, llega ese olor reconocible que durante generaciones ha acompañado al otoño en pueblos y ciudades de toda España.
En Tomelloso, esa escena tiene además una expresión propia vinculada a estas fechas: “ir a por el puñao”. La costumbre forma parte de la memoria popular de la localidad y está relacionada con la compra de castañas, frutos secos y otros productos durante los días de Todos los Santos.
Nueces, almendras, higos secos y diferentes frutos de temporada han compuesto un surtido que ha cambiado con el tiempo. El sentido de la tradición, sin embargo, ha permanecido bastante reconocible: salir, acercarse hasta los puestos y regresar a casa con algo para compartir.
Durante distintas épocas, estos vendedores ocuparon espacios muy conocidos por los vecinos de Tomelloso. La calle del Campo y el entorno del Mercado de Abastos forman parte de los recuerdos asociados a esta costumbre, mientras que en años más recientes los puestos han encontrado también ubicación en el Paseo de las Moreras.
Los lugares pueden cambiar a medida que cambia la ciudad, pero la costumbre consigue mantenerse cuando las familias continúan participando en ella. Esa continuidad resulta especialmente importante en una tradición que no depende de grandes actos institucionales ni de celebraciones organizadas.
De abuelos a nietos
Buena parte de la fuerza de “el puñao” se encuentra precisamente en la transmisión familiar. Quien acudió de niño de la mano de sus padres a comprar castañas puede volver décadas después acompañado por hijos o nietos.
El producto adquirido será quizá diferente y los precios poco tendrán que ver con los de entonces. Aun así, la escena resulta reconocible para varias generaciones de tomelloseros que relacionan Los Santos con los puestos y el olor de las castañas calientes.
La creciente presencia de Halloween no ha eliminado necesariamente estas costumbres. Un niño puede disfrazarse el 31 de octubre y, al día siguiente, salir con sus abuelos a comprar castañas, frutos secos o alguno de los productos asociados tradicionalmente al “puñao”.
Las dos realidades pueden convivir porque las tradiciones no sobreviven únicamente cuando se conservan de manera idéntica a como eran hace décadas. Lo hacen también cuando consiguen seguir formando parte de la vida cotidiana de nuevas generaciones.
Existe además un componente estacional difícil de separar de esta costumbre. Noviembre era el momento de consumir productos que podían conservarse durante meses y que aportaban energía cuando comenzaban las temperaturas más bajas.
Las castañas ocupaban un lugar especialmente reconocible porque podían prepararse directamente al fuego y consumirse en la calle recién hechas. El frío, el humo y el olor contribuían a convertir su compra en una experiencia asociada inevitablemente al otoño.
En Tomelloso, hablar de Los Santos sin mencionar esos puestos supone dejar fuera una parte de la memoria cotidiana de la ciudad. El “puñao” nunca fue únicamente una determinada cantidad de frutos secos, porque la tradición estaba también en salir a buscarlos, compartirlos y repetir año tras año el mismo gesto.













