Tomelloso vivió ayer una de esas veladas que dejan poso. La Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora acogió el concierto protagonizado por la Coral del Conservatorio de Música de Tomelloso y el Ensamble de La Mancha, que llevaron al templo el Réquiem de Fauré en una cita marcada por la emoción, el recogimiento y la belleza musical.
La propuesta giró en torno a una de las grandes obras de la música sacra. El Réquiem de Gabriel Fauré, compuesto entre 1887 y 1890 y estructurado en siete movimientos, está considerado una de las partituras más singulares de su género por su mirada serena sobre la muerte, muy alejada del tono dramático de otros réquiems. Su primera versión fue estrenada en 1888 en La Madeleine de París.
Ese carácter quedó reflejado también en la propia presentación del concierto. Según destacó la Coral hace un tiempo: “no es una despedida triste, es un canto sereno a la Luz que permanece”, una definición que resume bien el espíritu de una obra concebida desde la calma, la esperanza y la contemplación.
La formación musical trasladó además otra idea que ayuda a entender la dimensión de la pieza: se trata de una música que “te abraza, te calma”. No es una afirmación menor. Fauré omitió en su Réquiem la secuencia completa del “Dies irae”, habitual en otras misas de difuntos, lo que refuerza precisamente ese tono más íntimo, consolador y luminoso.
Sencillamente, brillante, así pudo resumirse el concierto ofrecido por la Coral del Conservatorio y el Ensamble de La Mancha en la Parroquia de la Asunción. La actuación dejó una impresión de hondura musical y sensibilidad interpretativa en una obra que, por su naturaleza, exige equilibrio, contención y expresión interior.
Para quienes la interpretan, además, no se trata solo de una ejecución técnica, la Coral aclaró que “Cantarla es, de alguna manera, habitar ese silencio lleno de Vida”, remarcando el componente emocional y espiritual de una composición que figura entre las más reconocidas del repertorio coral-sacramental europeo.
El final del concierto elevó todavía más la intensidad de la velada con el “Lacrimosa” del Réquiem de Mozart, interpretado por la Coral del Conservatorio y el Ensamble de La Mancha. Pertenece al Réquiem en re menor, K. 626, la última gran obra de Mozart, que quedó inacabada a su muerte en 1791 y fue completada posteriormente por Franz Xaver Süssmayr. El “Lacrimosa” es, además, uno de sus fragmentos más célebres y conmovedores.
De este modo, Tomelloso cerró una cita musical de notable altura con una propuesta en la que arte, espiritualidad y emoción caminaron de la mano, dejando en la Asunción una noche de esas que se recuerdan por la hondura de lo vivido y por la belleza de su música.















