Indudablemente la introducción de las primeras tinajas de cemento hacia el año 1916, produjeron un enorme cambio en el interior de las cuevas, pues era necesario adaptar el aspecto estructural del espacio, dado que la capacidad de las nuevas tinajas de cemento era mayor, no solamente en anchura, sino también en la altura, ya que las tinajas de cemento suponían alturas de 3,40 a 4 metros, que incluso llegaban a duplicar a las de las tinajas de barro y, al menos, 1,5 metros más. En las cuevas recién excavadas, lógicamente ya se tenía en cuenta esta situación de antemano, por lo que la altura de excavación era mayor que con las tinajas de barro cuya distancia del suelo al techo era de 4 metros, llegando incluso a 5 metros y ya, en las de cemento, se llegaron a disponer de hasta ocho metros de profundidad de la cueva en algunos casos.
En las cuevas con tinajas de barro se amoldaron excavando un poco más el suelo de las cuevas para dar espacio en altura a la construcción de las nuevas tinajas y que, en muchos casos, eran renovadas únicamente aquellas tinajas de barro rotas y, en otros casos, por ampliación de la superficie de las cuevas.
La decisión de la construcción se definía siempre a los inicios de la brotación de las cepas, donde se apreciaba la muestra de las cepas.
Las tinajas de cemento, como todos sabemos, se construían dentro de la propia cueva y aproximadamente, dependiendo de su capacidad, podía verse terminada en ocho a diez días.
En principio de los años 1920, las tinajas tenían un precio en función de su capacidad y se valoraban por arrobas (16 litros) y los precios comenzaron a ser de 0,89 pesetas la arroba de vino, que fue evolucionando a lo largo del tiempo pasando a ser de 1,50 y ya, en el año 1957, tenemos constancia de haberse valorado en 10 pesetas/arroba, incluso pasando en 1969 a las 13 pesetas/arroba.
También los sueldos eran singulares en aquellas épocas, pues rondaban en 1916 sobre 4 pesetas los seis días, de lunes a sábado, aunque el oficial correspondía a 1 peseta al día de trabajo.
En 1947, un oficial disponía de un sueldo de 85 pesetas a la semana, mientras que los jornales del campo se encontraban a mitad de precio.
Los precios fueron incrementándose, llegando a cotizarse en 1957 a 120 pesetas al día en el cargo de oficial y los peones unas 15-20 pesetas menos y, ya en el año 1969, el jornal para un peón se encontraba en unas 1.000 pesetas a la semana.
En los años posteriores ya el salario pasó a ser de 1.000 pesetas diarias.
En la construcción se arreglaban previamente unos contratos entre ambas partes, constando el precio de las tinajas y la forma de pago que podría variar según acuerdo, pero que como ejemplo frecuente era de la siguiente manera: un 25 por ciento a la firma del contrato, un 50 por ciento al terminar los depósitos y el 25 por ciento en garantía hasta finalizar el año.

















