Las cuevas de Tomelloso vuelven a ser protagonistas de un nuevo capítulo dedicado a uno de los patrimonios más singulares de la localidad. Este artículo profundiza en los primeros trabajos que daban comienzo a la excavación de estos espacios subterráneos, una labor marcada por la dureza física, la precisión y la constancia de quienes las construyeron.
El proceso de creación de una cueva comenzaba siempre con la apertura de la denominada “lumbrera”, el primer hueco que permitía iniciar la excavación hacia el interior del terreno. Este espacio se realizaba manualmente utilizando el pico, y su ubicación dependía de distintos factores relacionados con la vivienda, la fachada, la orientación del edificio y las dimensiones del solar.
En aquellos casos en los que la vivienda contaba con un patio amplio y una superficie suficiente, era habitual que la lumbrera se iniciara en esa zona, excavando en sentido vertical. Cuando la disposición del terreno lo permitía, la orientación final de la cueva solía desarrollarse de forma paralela a la longitud de la calle, una configuración frecuente dentro del entramado urbano de Tomelloso.
La excavación manual de la lumbrera: un trabajo de precisión y resistencia
Los primeros golpes de pico se realizaban sobre la zona que correspondería al lado más estrecho del rectángulo inicial de la excavación. El trabajo avanzaba profundizando hasta alcanzar la longitud del propio pico, momento en el que se cambiaba el sentido del picado hacia el lado contrario para repetir la misma operación.
La tierra extraída se retiraba progresivamente y el proceso continuaba hasta alcanzar las capas donde desaparecía la denominada “costra”, una capa de terreno más duro que dificultaba las primeras fases de excavación. Una vez superada esta zona, el trabajo resultaba algo más sencillo al encontrarse materiales más arenosos.
Cuando la profundidad impedía que el trabajador pudiera alcanzar directamente la arena con las manos, se realizaban pequeñas ranuras laterales que permitían introducir el pie y facilitar la extracción del material desde el interior de la excavación.
A medida que avanzaba la apertura del hueco, también aumentaban sus dimensiones en anchura y longitud. El esfuerzo seguía siendo considerable, aunque la naturaleza más blanda del terreno hacía que las siguientes fases fueran menos exigentes que los primeros metros excavados.
Cientos de toneladas de arena extraídas para construir una sola cueva
La construcción de una cueva suponía mover una cantidad de tierra difícil de imaginar en la actualidad. La extracción del material se realizaba mediante el trabajo de las terreras y el uso de poleas en el exterior, un sistema que permitía sacar al exterior la arena acumulada durante la excavación.
Para comprender la magnitud de este trabajo, el artículo plantea el ejemplo de una cueva de dimensiones medias: 6 metros de ancho, 6 metros de profundidad y 10 metros de largo. Estas medidas supondrían un volumen aproximado de 360 metros cúbicos de arena extraída.
Teniendo en cuenta densidades estimadas del terreno de entre 1,3 y 1,5 gramos por centímetro cúbico, la cantidad de material retirada podría situarse entre 468.000 y 540.000 kilos de arena, es decir, cerca de medio millón de kilos para la construcción de una única cueva.
Además, había que considerar que la llamada “costra”, la capa más dura del terreno, podía alcanzar una profundidad de entre 3 y 5 metros, dependiendo de la zona urbana donde se encontrara ubicada la excavación.
Miles de espuertas para sacar la tierra al exterior
Las cifras permiten entender todavía mejor la dimensión del trabajo realizado por los antiguos excavadores. Si cada espuerta utilizada para transportar la tierra podía contener entre 25 y 30 kilos, para una cueva de las características descritas habría sido necesario sacar al exterior entre 16.000 y 18.720 espuertas de material.
Una tarea prolongada que requería horas de esfuerzo físico, coordinación entre trabajadores y una gran resistencia para transformar el subsuelo de Tomelloso en una red de espacios destinados a mejorar las condiciones de vida y la economía familiar.
Las cuevas, más allá de su valor arquitectónico y patrimonial, representan así la memoria de generaciones de tomelloseros que, con herramientas sencillas y mucho esfuerzo, fueron capaces de crear uno de los elementos más identificativos de la historia de la localidad.











