La vuelta de las vacaciones suele marcar para muchas personas un nuevo comienzo. Septiembre trae consigo el regreso a los horarios habituales, la recuperación de las obligaciones y, con frecuencia, una lista de propósitos que incluye hacer más ejercicio, mejorar la alimentación, dormir mejor o aumentar la productividad. Sin embargo, intentar recuperar todos los hábitos de golpe puede generar el efecto contrario y convertirse en una fuente adicional de estrés.
Durante años, septiembre ha estado asociado al inicio del curso escolar y a la idea de comenzar una nueva etapa, una asociación que se mantiene durante la edad adulta. Además, las vacaciones permiten tomar distancia de la rutina y observar con mayor perspectiva aquellos aspectos del día a día que se quieren modificar
“En septiembre planifica una persona y ejecuta otra: la lista la escribe el yo descansado de agosto; quien tiene que cumplirla es el yo cansado del martes por la tarde”, explica Estela Lladó-Carbó, médico neurofisióloga y directora científica de Monarka Clinic.
El cerebro también necesita tiempo para volver a la rutina
El regreso a los horarios habituales supone, además, un cambio para el reloj biológico después de varias semanas con horarios más flexibles. Acostarse más tarde, despertarse sin alarma o modificar los momentos de las comidas puede desplazar el ritmo circadiano, por lo que recuperar de forma repentina los madrugones y las obligaciones puede generar durante los primeros días una sensación similar a un pequeño “jet lag”.
La corteza prefrontal, encargada entre otras funciones de planificar, priorizar y controlar los impulsos, es especialmente sensible a la falta de sueño y al estrés, a lo que se suma el aumento de la carga de decisiones. Después de semanas con una agenda más relajada, el cerebro vuelve a gestionar de forma simultánea horarios, trabajo, obligaciones familiares y diferentes tareas pendientes.
Por este motivo, recuperar progresivamente los horarios puede facilitar la adaptación: “Mantener estable la hora de despertar y exponerse a la luz natural durante la mañana son dos de las medidas que pueden contribuir a resincronizar el reloj biológico. El reloj biológico necesita días; el ánimo, un par de semanas; los hábitos, meses. Saberlo quita mucha presión”, afirma Lladó-Carbó.
La autoexigencia puede jugar en contra
La llegada de septiembre también suele ir acompañada de una elevada autoexigencia. El deseo de mejorar distintos aspectos de la vida puede llevar a establecer demasiados objetivos al mismo tiempo, desde comenzar a hacer deporte hasta cambiar la alimentación, recuperar determinadas horas de sueño o aumentar la productividad.
Los nuevos comportamientos requieren un esfuerzo consciente hasta que se convierten en rutinas. Cambiar varios hábitos simultáneamente implica mantener una atención constante sobre cada uno de ellos y puede hacer más difícil consolidarlos.
“Cambiar a la vez la alimentación, el ejercicio, el sueño y la productividad es pedir a un único supervisor, recién llegado de vacaciones y todavía desajustado, que vigile cuatro obras al mismo tiempo”, señala la especialista.
La alternativa pasa por escoger un único hábito y convertirlo en una acción concreta y fácil de incorporar al día a día. En lugar de plantearse objetivos demasiado generales, establecer cuándo y cómo se realizará una determinada actividad puede facilitar su consolidación y reducir la presión asociada a la necesidad de cumplir con demasiados propósitos a la vez.
Recuperar algunos hábitos del verano
Junto al sueño y los horarios, mantener durante la vuelta a la rutina algunos de los hábitos que se incorporan con mayor facilidad durante las vacaciones puede ayudar a conservar parte de sus beneficios. Pasear, realizar actividad física, disfrutar de momentos sin pantallas, mantener una alimentación equilibrada o reservar tiempo para las relaciones sociales pueden convertirse en pequeñas pausas dentro de la jornada.
La creación de hábitos, además, requiere constancia y no responde a un plazo idéntico para todas las personas. Un incumplimiento puntual no significa que el proceso se haya perdido, por lo que la recomendación pasa por mantener una visión a largo plazo y evitar la mentalidad de todo o nada. “Enero nos pide propósitos, mientras que septiembre nos ofrece algo mejor: la oportunidad de construir rutinas. Y el cerebro no cambia a golpe de voluntad, sino a golpe de repetición”, concluye Estela Lladó-Carbó.











