Convivimos con una realidad que suele pasar bastante desapercibida para la mayoría de la sociedad, pero existe y exige nuestro compromiso: me refiero a la situación de desamparo de niños que se encuentran tutelados y protegidos por la administración pública.
Cada uno con sus circunstancias, a su manera, han sufrido la carencia de afecto y cariño durante los primeros años de vida, algo que puede tener y tiene consecuencias inmediatas, pero que en muchos casos también tendrá un impacto posterior que será más o menos evidente.
Las causas que pueden llevar a una situación de desatención de estos menores son muchas y deben ser abordadas desde una intervención adaptada a las necesidades de cada familia. Ese es el origen del problema, un asunto que sin duda hay que afrontar y atajar a través de políticas sociales serias y eficaces. Sin embargo, a través de estas líneas me gustaría centrarme en una parte de las consecuencias, la que tiene que ver con los menores en situación de desamparo, y en cómo podemos dar una respuesta rápida y profundamente humana como administración y como sociedad. Por eso quiero hablar de acogimiento familiar.
Tolstói comienza ‘Ana Karenina’ diciendo que “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Lo común entre quienes han tenido la suerte de crecer en una familia feliz es idealizar su infancia. Para quienes formamos parte de la amplia mayoría que colecciona recuerdos cálidos y confortables resulta prácticamente imposible imaginar la ausencia de atención y de cuidados cuando más los necesitamos.
El acogimiento familiar es una respuesta que nace de la generosidad y la empatía. Este modelo de atención a niños y niñas supone ofrecer un refugio de cariño y afecto que sirva para recomponer corazones dañados. Se trata de ofrecer seguridad a quienes han tenido que hacer frente a un sufrimiento difícil de asimilar incluso cuando se alcanza un grado de madurez avanzado.
En la provincia de Ciudad Real contamos con 72 niños y niñas que a día de hoy viven con una familia de acogida. El Gobierno regional ha puesto en marcha un modelo de atención residencial con hogares de pocas plazas, donde se facilita la convivencia con estupendos equipos profesionales. Estos hogares siguen siendo necesarios y, sin embargo, hay pocos remedios tan reparadores como recibir la atención de una familia de acogida.
Cuando una familia acoge a un niño a una niña, cuando lo reúne o agrupa junto a sus propios hijos e hijas, pone en práctica algo que debería ser elemento básico para cualquier sociedad justa. Cuando una familia acoge, está ofreciendo oportunidades a quien la vida le ha puesto obstáculos sin tener medios ni recursos para salvarlos.
Quiero agradecer, ahora que tengo la oportunidad, el trabajo que realiza el Servicio de Infancia y Familia de la Delegación de la Consejería de Bienestar Social en Ciudad Real. Son las personas que casi siempre llegan primero y tienen que hacer frente a los momentos más duros de un camino cuyo trazado es incierto. Agradecimiento a las 68 familias de acogida de la provincia que con enormes dosis de generosidad y empatía acompañan a lo largo del camino a estos niños y niñas para aliviar la pesada carga de quienes aún no tienen la fuerza suficiente para cargarla por sí mismos. La aportación de todas y cada una de estas familias a la vida de los niños y niñas que necesitan apoyo y atención es incalculable.
Por eso, me gustaría animar a todas aquellas personas que quieran saber un poco más sobre acogimiento familiar a preguntar e informarse. La experiencia de quienes ya lo han hecho y el asesoramiento de los profesionales puede resultar útil y quizás nos pueda a acercar a tomar la decisión.
Estoy seguro de que, a través de este gesto tan generoso y humano, estaremos contribuyendo a la felicidad de quienes no merecen ni un gramo más de sufrimiento.
Eulalio Díaz-Cano
Delegado de Bienestar Social











