No sabría decir exactamente cuándo empezó todo. Supongo que, como ocurre con muchas cosas importantes en la vida, fue poco a poco. Primero fueron unos acordes en el colegio, después las ganas de aprender una pieza más, de mejorar un poco cada día y de descubrir todo lo que podía ofrecer un instrumento que, con el paso del tiempo, terminó formando parte de mí. La guitarra nunca desapareció. Hubo momentos en los que estuvo más presente y otros en los que tuvo que esperar, pero siempre permaneció ahí.
La reciente audición del Curso de Verano de Cante y Guitarra Flamenca de Adrián Lomas, celebrada en el Casino de Tomelloso, me hizo mirar atrás y recordar muchas etapas de este camino. No la entiendo como una meta ni como un punto final, sino como un paso más dentro de una historia que continúa abierta, con la misma ilusión de seguir aprendiendo, mejorando y disfrutando de la guitarra.
Mis primeros recuerdos están ligados al colegio y a esa curiosidad que poco a poco fue creciendo. Recuerdo especialmente un grabador de casete Sanyo negro con el que fui grabando algunas de las piezas que aprendía durante mis primeros años. Allí quedaron recogidos un tanguillo, una rumba, un vals peruano, una milonga y otros temas que iba incorporando poco a poco. Incluso diseñé una portada para aquella cinta con una imagen de una actuación en el CEIP Carmelo Cortés y se la regalé a mi familia con toda la ilusión del mundo. Hoy puede parecer un detalle sencillo, pero para aquel niño que empezaba con la guitarra significaba muchísimo.
Durante años aquella cinta permaneció guardada hasta que hace no mucho tiempo pude recuperarla. Volver a tenerla entre mis manos fue reencontrarme con aquel niño que ya sentía la necesidad de compartir la música y que disfrutaba simplemente tocando. Escuchar aquellas grabaciones supone volver a una época en la que todo estaba empezando y en la que cada pequeño avance parecía un gran logro.
Después llegó una etapa muy especial con la tuna, una experiencia que me permitió vivir la música de otra manera. Los ensayos tenían lugar en la Biblioteca Municipal de Tomelloso, donde compartíamos canciones, guitarras y muchas horas de preparación. Todavía conservo el traje de tuno, la correa de guitarra y otros recuerdos de aquellos años que, aunque puedan parecer pequeños detalles, guardan muchas historias.
También tuve la oportunidad de vivir diferentes escenarios a lo largo de los años, como aquella actuación en el CEIP Carmelo Cortés, las fiestas del Barrio de San Roque de Tomelloso, actuaciones en el Casino San Fernando de Tomelloso y en Cinco Casas, donde compartí escenario con el tristemente fallecido Ceferino, un recuerdo que guardo con especial cariño. Cada uno de esos lugares forma parte de una etapa diferente de mi relación con la guitarra.
Una persona fundamental en mis primeros años de aprendizaje fue Óscar Herrero, padre del gran maestro de la guitarra flamenca Óscar Luis Herrero. Yo acudía a sus clases en su casa de la calle Peinado de Tomelloso, donde fui adquiriendo las bases técnicas de la guitarra: la colocación de las manos, el ritmo, la limpieza, el cuidado del sonido y la importancia de trabajar con paciencia.
Con Óscar no solo aprendí piezas, sino una forma de entender la guitarra. Recuerdo aquella habitación de ensayo con un pequeño tablado y esos momentos en los que, después de la clase, me quedaba unos minutos solo con el instrumento entre las manos, simplemente disfrutando. No necesitaba mucho más: una guitarra, aquel espacio y la posibilidad de seguir aprendiendo.
También recuerdo cómo en algunas ocasiones podía escuchar desde otra estancia algunos acordes de guitarra de su hijo Óscar Luis Herrero, pequeños momentos que para mí tenían un significado especial. Con Óscar recorrí una etapa fundamental y llegué hasta el máximo que podía ofrecerme como docente en aquellos años. Me dio unas bases sólidas que con el tiempo han seguido acompañándome y que todavía hoy forman parte de mi manera de acercarme al instrumento.
Mis guitarras también forman parte de esta historia y, sobre todo, hablan del esfuerzo de mis padres. Mi primera guitarra fue una Admira, comprada en La Lira, con la que di mis primeros pasos y empecé a descubrir todo lo que podía expresar con una guitarra.
Más adelante viajamos hasta Madrid, a la guitarrería de Juan Álvarez, en la calle San Pedro, donde mis padres me compraron una guitarra de estudio blanca. Aquel lugar tenía una gran tradición dentro del mundo de la guitarra y con los años he conocido historias relacionadas con aquel taller y con la importancia que tuvo dentro de la construcción artesanal de instrumentos.
Posteriormente llegó una guitarra muy especial para mí: una Pedro Valbuena construida para Arturo Sanzano en 1992. Con el tiempo he podido conocer algo más sobre esos nombres. Pedro Valbuena fue un guitarrero vinculado a la tradición madrileña de construcción de guitarras, mientras que Arturo Sanzano pertenece también a esa escuela de grandes constructores. Saber la historia que hay detrás de esa guitarra hace que la valore todavía más, aunque por encima de todo representa el esfuerzo de mis padres para que pudiera seguir aprendiendo.
Después llegaron mis estudios universitarios en Ciudad Real y una etapa en la que la guitarra quedó en segundo plano. Seguía conmigo, nunca la abandoné, pero no podía dedicarle el tiempo necesario para continuar avanzando. Pasaron los años y, aunque no estaba estudiando como me hubiera gustado, la guitarra seguía presente en mi cabeza.
Hasta que llegó un momento en el que sentí que quería volver a aprender, no limitarme a recordar lo que sabía, sino seguir creciendo. Busqué profesores y opciones, aunque mi idea siempre había sido volver a las clases presenciales. Para mí la guitarra siempre había tenido ese componente de cercanía: estar delante del profesor, escuchar directamente el instrumento y observar cada detalle.
Gracias a conocidos llegué hasta Adrián Lomas, quien actualmente es mi profesor, y esa decisión supuso una nueva etapa muy importante.
De Adrián destacaría muchas cosas, pero sobre todo su paciencia. Volver después de tantos años no significa simplemente continuar donde uno lo dejó. Hay que recuperar técnica, corregir hábitos, volver a trabajar aspectos que parecían olvidados y avanzar poco a poco.
Adrián ha sabido entender ese proceso, repetir cuando ha sido necesario, corregir cada detalle y, sobre todo, devolverme las ganas de estudiar y mejorar. Con él he vuelto a sentir esa ilusión de sentarme con la guitarra y comprobar que cada pequeño avance merece la pena.
También pude comprobarlo durante la audición del Casino: estuvo pendiente de todos sus alumnos, acompañando, animando, presentando, tocando y ayudando en cada momento. Su cercanía forma parte también de esta nueva etapa.
La actuación en el Casino de Tomelloso fue una experiencia muy especial. Volvieron los nervios antes de salir, porque forman parte de cualquier escenario, pero también la ilusión de compartir aquello que había trabajado.
Interpreté “Punta y Tacón”, una farruca de Sabicas, y “Llanto a Cádiz”, unos tientos de Paco de Lucía. Más allá de mi actuación y con los nervios propios de ese momento, disfruté viendo a mis compañeros, compartiendo una noche llena de emociones y comprobando la ilusión de todos los alumnos que participaron.
Fue una noche de grandes sensaciones, de aprendizaje y de cariño por parte de quienes estuvieron presentes.
Cuando miro atrás pienso en aquel niño que grababa sus primeras piezas en un casete Sanyo, en las clases de la calle Peinado, en la tuna, en las primeras actuaciones, en los años en los que la guitarra tuvo que esperar y en esta nueva etapa que ahora estoy viviendo. Han pasado muchos años, pero la ilusión sigue siendo la misma.
Quiero agradecer especialmente a mis padres, por todo el esfuerzo realizado durante tantos años, por aquellas primeras clases, por las guitarras y por haber apoyado siempre esta pasión desde el principio. Muchas de las cosas que he podido vivir con la guitarra no habrían sido posibles sin ellos.
A mi mujer y a mi hijo, por acompañarme en esta nueva etapa, por entender las horas de estudio, los momentos de práctica y por compartir conmigo esta ilusión de seguir aprendiendo y disfrutando de la música.
Al resto de mi familia, por animarme en este camino con palabras de cariño y apoyo después de la audición ya que fueron una recompensa muy especial después de tantos años unidos a este instrumento.
Y, por supuesto, a Adrián Lomas, por su paciencia, por su forma de enseñar y por ayudarme a recuperar la ilusión por estudiar guitarra. Gracias por entender mi proceso, por corregir cada detalle, por acompañarme en este regreso al aprendizaje y por hacer que vuelva a disfrutar cada momento con el instrumento.
También quiero agradecer a todas las personas que estuvieron presentes en el recital del Casino de Tomelloso, a quienes acompañaron a todos los alumnos en una noche tan especial y a quienes después nos hicieron llegar sus muestras de cariño.
La guitarra forma parte de mi historia. Ha estado en mis primeros aprendizajes, en mis pausas, en mis recuerdos y ahora vuelve a ocupar un lugar importante.
Me quedo con las grandes sensaciones de una noche muy especial y con las ganas de seguir disfrutando, aprendiendo y creciendo junto a la guitarra.
Sergio Bernao











