Antes de que los escaparates se llenaran de calabazas de Halloween, muchas casas manchegas recibían noviembre con una elaboración bastante más sencilla. Cuando llegaban Todos los Santos y comenzaba a notarse el frío, en numerosas cocinas se preparaba un postre humilde con ingredientes habituales de cualquier despensa.
Eran las puches, unas gachas dulces que forman parte del recetario popular de Castilla-La Mancha y cuya memoria continúa especialmente ligada al comienzo de noviembre. Para muchas familias, su sabor remite directamente a abuelos, cocinas antiguas y celebraciones domésticas de Todos los Santos.
No existe una única receta y precisamente ahí se encuentra una parte de su riqueza. Dependiendo del pueblo, de la familia o incluso de quién estuviera aquel día delante del fuego, podían prepararse con leche o agua, harina, azúcar y canela.
Era habitual incorporar cáscara de limón o naranja para aromatizar la mezcla y terminar el plato con pequeños trozos de pan frito. Otras versiones añadían anís o modificaban las proporciones para conseguir una crema más ligera o unas gachas considerablemente más espesas.
Esa diversidad forma parte de su naturaleza. Las puches no nacieron como una elaboración de pastelería sometida a una fórmula exacta, sino como cocina doméstica y de aprovechamiento, adaptada a los ingredientes disponibles en cada casa.
Cuando la comida se mezclaba con las creencias
La relación de las puches con Todos los Santos no se limita a sentarse alrededor de una mesa. En diferentes puntos de Castilla-La Mancha se han recogido relatos relacionados con antiguas costumbres sobre las ánimas y la noche de Difuntos.
Una de las historias más llamativas habla de familias que utilizaban una pequeña cantidad de puches para untar cerraduras o determinados huecos de las puertas. La tradición popular atribuía a ese gesto una función protectora frente a las almas que podían regresar durante la noche.
No debe entenderse como una costumbre practicada de manera uniforme en toda Castilla-La Mancha ni como una creencia que siga vigente de forma general. Forma parte, más bien, de ese conjunto de relatos populares en los que antiguamente se mezclaban religión, miedo, superstición y vida cotidiana alrededor de la muerte.
El Día de los Difuntos estaba rodeado de un ambiente muy diferente al actual. La oscuridad de unas calles con mucha menos iluminación, el sonido de las campanas y las historias transmitidas dentro de las casas podían dar a la noche un carácter especialmente solemne.
Preparar determinados alimentos formaba también parte de aquella vida doméstica. Las recetas no eran únicamente una forma de comer, ya que podían estar vinculadas al calendario agrícola, religioso y familiar de cada localidad.
Con la transformación de las costumbres, las puches perdieron presencia frente a otros dulces más comerciales. Los huesos de santo y los buñuelos pueden encontrarse hoy en numerosas pastelerías, mientras que las puches siguen dependiendo en buena medida de que alguien conserve y prepare la receta familiar.
Precisamente ahí se encuentra buena parte de su valor actual. Cocinarlas no consiste únicamente en recuperar un postre, sino en reproducir un sabor asociado a generaciones anteriores y a una manera muy diferente de vivir el comienzo de noviembre.
Una elaboración formada por ingredientes muy sencillos puede acabar guardando una enorme cantidad de recuerdos. En las puches, la harina, el azúcar y la canela forman una receta, pero también una pequeña parte de la memoria gastronómica de Castilla-La Mancha.













