Hay viajes que se planifican durante meses y aun así acaban costando bastante más de lo previsto. Estados Unidos es uno de esos destinos donde los gastos se acumulan con facilidad si no sabes dónde mirar. No obstante, con algo de información y unas pocas decisiones bien tomadas antes de salir, se puede disfrutar del viaje sin que la vuelta a casa deje un sabor amargo en la cuenta bancaria.
El móvil: ese gasto que nadie ve venir
Pocos viajeros caen en cuenta de que el roaming en Estados Unidos es caro, y el teléfono empieza a consumir datos en segundo plano en cuanto llegas. La forma más práctica de evitarlo es activar una eSim Estados Unidos unos días antes de salir.
Lo bueno de esta opción es que se instala directamente en el móvil sin necesidad de cambiar la SIM física. Y, los planes son considerablemente más económicos que cualquier opción de itinerancia con una operadora española.
La comodidad también cuenta, porque no tienes la necesidad de buscar una tienda de telefonía nada más aterrizar ni gestionar la compra en inglés con el cansancio de un vuelo transatlántico encima. Tu número español sigue activo para llamadas y WhatsApp, y tienes datos desde el minuto uno.
Y en un viaje por EE. UU., los datos son una herramienta constante. Maps para orientarte, Uber para moverte, las reservas guardadas en el correo… Tenerlo resuelto antes de salir es, probablemente, uno de los ahorros más sencillos y más agradecidos de todo el viaje.
Vuelos, alojamiento y transporte: dónde rascar de verdad
Una vez resuelto el tema del móvil, toca afinar el resto del presupuesto. Con los vuelos, el truco está en entender cómo funciona la demanda. Los martes y miércoles suelen tener tarifas más bajas, y reservar con dos o tres meses de antelación a menudo da mejor resultado que hacerlo con un año.
Con el alojamiento pasa que el centro de las metrópolis americanas tiene precios que pueden sorprender. Por lo tanto, los apartamentos en zonas residenciales bien comunicadas salen bastante más baratos y, además, permiten cocinar, lo que reduce mucho el gasto diario en comidas.
Por su parte, el transporte interno merece también un momento de reflexión. En ciudades con metro eficiente, como Nueva York o Washington D.C., moverse en transporte público es rápido y asequible. Sin embargo, en destinos más dispersos, como Los Ángeles o el sur del país, un coche de alquiler suele salir a cuenta si se comparan precios entre varias plataformas con un poco de antelación.
Comer sin que la cuenta arruine el día
La fama de cara que tiene la gastronomía americana aplica, sobre todo, a los restaurantes del centro turístico de cada ciudad. Fuera de esa zona, hay una cultura enorme de locales de barrio, food trucks y mercados de comida callejera donde se come bien y abundante por entre 8 y 14 dólares.
Eso sí, conviene saber que los precios en carta no incluyen impuestos, y las propinas no son opcionales. Entre el 18 y el 22% sobre el total es lo habitual, y no tenerlo en cuenta desde el principio genera esa sensación de que todo sale más caro de lo que parece.
Un truco que funciona es apostar por el brunch del fin de semana en lugar de la cena, pues muchos restaurantes con buena cocina ofrecen exactamente la misma calidad a precios más bajos que por la noche. El comer fuerte a mediodía y cenar algo más informal es una forma de probar lo mejor de cada ciudad sin que la factura se vaya de las manos.












