Hoy, 27 de febrero, salí a caminar porque sí. De esos días que no te apetece hablar mucho, pero el cuerpo te pide aire. Iba por el camino que lleva a un bombo tomellosero, sin prisa, escuchando mis pasos contra la tierra dura y ese viento fino que se te cuela por el cuello y te espabila aunque no quieras.
El campo estaba como en pausa. No estaba “bonito de postal”. Estaba real: tonos apagados, alguna rama desnuda, olor a humedad fría y a tierra removida. Y aun así, tenía algo… como si el sitio te dijera bajito: “Camina. Mira bien.”
En un tramo, el camino se estrecha un poco. A un lado, piedras sueltas; al otro, una linde que parece que no cambia nunca. Y justo ahí me pasó algo que no sé explicar del todo: me dio por frenar. Sin motivo. Como cuando vas a cruzar una calle y tu instinto te para medio segundo antes.
Me quedé quieto y escuché.
Y lo que escuché fue silencio, pero del de verdad. No “no hay ruido”. Silencio de esos que tienen peso. Solo el viento rozando lo poco que quedaba de hierba, y mi respiración, que de repente sonaba demasiado fuerte.
Seguí caminando más despacio, como si no quisiera romper nada.
Y entonces lo vi.
El bombo estaba ahí, medio escondido, como si no quisiera llamar la atención. Redondo, hecho de piedra sobre piedra, con esa forma humilde que no pretende impresionarte… pero te atrapa. Porque no es un monumento: es una necesidad convertida en arquitectura. Un refugio levantado con manos que sabían de frío, de sol, de fatiga y de volver a casa con la espalda cargada.
Me acerqué y pasé la mano por la pared. La piedra estaba fría y áspera. Tenía marcas, irregularidades, pequeñas sombras donde el tiempo se ha quedado a vivir. Y al tocarla pensé algo tan simple que me dio vergüenza: “Esto lo puso alguien.” Alguien de verdad. No una máquina, no un diseño bonito. Alguien que se agachó, eligió cada piedra, la encajó, la apretó… y siguió.
La entrada era baja, así que me incliné. Y te juro que en ese gesto, en el simple hecho de bajar la cabeza para entrar, ya sentí que estaba haciendo algo distinto. Como si el bombo te obligara a entrar con respeto.
Dentro olía a piedra fría y a tierra. A sombra. La luz entraba justa, por la boca, y hacía un círculo suave en el suelo. Me quedé parado un momento, dejando que los ojos se acostumbraran, y fue como si el mundo de fuera se quedara lejos, apagado.
Allí dentro me dio un vuelco.
No vi nada “especial”. No había tesoros escondidos ni historias escritas en la pared. No había nada… y al mismo tiempo había todo. Porque de golpe te imaginas a alguien refugiándose del aire cortante, sentado ahí, comiéndose un trozo de pan, esperando que pase un chubasco, echando el rato hasta poder volver al tajo. Te imaginas conversaciones en voz baja, manos heladas, el sonido de una bota contra el suelo. Te imaginas la vida tal cual: sin filtros.
Y entonces me pasó lo más raro: me emocioné un poco. No en plan drama, sino esa emoción que te sorprende y te deja quieto. Porque entendí que ese bombo es uno de los tesoros de Tomelloso precisamente por eso: porque no presume. Porque está hecho para aguantar. Porque representa algo que hoy cuesta encontrar: lo que se construye con paciencia y se mantiene sin hacer ruido.
Me senté un segundo, apoyado en la pared, y me quedé mirando el círculo de luz en el suelo. Afuera el viento seguía, pero ahí dentro parecía que el tiempo iba más despacio. Me escuché respirar. Y pensé: “Qué fuerte que esto siga aquí.” Como un recordatorio de que Tomelloso no solo es un sitio: es una forma de estar en el mundo.
Cuando salí, la luz me dio en la cara y parpadeé. Me giré a mirarlo otra vez desde fuera, y me pareció más bonito aún, porque ya no era “una construcción”. Era una historia redonda, cerrada, perfecta en su sencillez.
Volví por el mismo camino, sí, pero ya no iba igual. Iba con esa sensación de haber tocado algo auténtico. Algo que no se compra, ni se inventa, ni se replica.
Hoy salí a caminar para despejarme… y Tomelloso, sin avisar, me metió en su tesoro más silencioso: una piedra que guarda vida.












