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Pastrana convierte la calle en fiesta con sus Cruces de Mayo

La villa ducal recibe mayo entre rondas, dulzainas, cruces engalanadas y memoria compartida, en una celebración que une devoción, vecindad y tradición popular.

Pastrana ha vivido, a caballo entre la noche del 30 de abril y el 1 de mayo, una de sus fiestas más queridas, la de las Cruces de Mayo, declarada Fiesta de Interés Turístico Provincial. Días antes, los barrios ya se afanaban en vestir sus cruces, preparando flores, colchas, cuadros y pequeños altares que, al caer la noche, lucían en fachadas y rincones como si siempre hubieran estado allí.

La fiesta comenzó a tomar pulso poco antes de la medianoche, cuando los dulzaineros de Guadalajara arrancaron sus sones en la Plaza de la Hora y caminaron hacia la Colegiata, abriendo paso a una noche que en Pastrana se sabe de memoria. Su llegada a la Plaza del Ayuntamiento marcó el inicio de la celebración.

Allí, antes del canto, tomaron la palabra el alcalde, Carlos Largo, y el párroco, Emilio Esteban, don Emilio para los pastraneros. El regidor recordó que «este año no es un año igual que los demás, ya que vamos a echar de menos las cruces y a las personas que hay detrás de ellas, que se volcaban cada año con tanta ilusión y tanto cariño» y añadió que «hoy les recordamos con mucho respeto y con muchísimo agradecimiento por todo lo que hicieron». También tuvo palabras de reconocimiento para quienes sostienen la fiesta año tras año, dulzaineros y ronda, «que mantienen las tradiciones en nuestros corazones».

Don Emilio, presente -con muleta- pese a su convalecencia, insistió en ese mismo sentimiento compartido, subrayando el valor de una tradición que pertenece a todos y que se transmite en comunidad, entre vecinos, familias y generaciones.

Y cuando el 30 de abril se hizo 1 de mayo, anunciado por el reloj de la Colegiata, la Ronda de Pastrana comenzó a cantar los Mayos a la Virgen. Lo hizo como siempre, con guitarras, bandurrias, laúdes y panderetas acompañando lo esencial, las voces. Antes, pidieron licencia con las coplas de inicio «con humildad y devoción vengo a la puerta del templo sea por siempre alabado el Santísimo Sacramento» y «a la puerta hemos llegado con deseos de cantar licencia para este mayo pedimos con humildad»

Los Mayos, de origen desconocido y transmitidos por tradición oral de padres a hijos, son composiciones en versos octosílabos que alaban a la Virgen. «Prosigamos muy gustosos que la licencia tenemos y cantaremos el Mayo a la Reina de los Cielos», entonó la ronda en una de las seguidillas. Después llegaron los Mayos a las Mozas, con letra del cronista pastranero Francisco Cortijo, y con coplas que celebran la primavera y la vida «vino fin de abril floreciendo a mayo con verdes pimpollos blancos y encarnados»

En ese tránsito de la devoción al bullicio, y a indicación de don Emilio, se retiró la imagen de la Virgen. Cambió entonces el tono de la noche, y hasta la iluminación. Las seguidillas dieron paso a jotas, muchas de ellas nacidas del ingenio popular, con chispa, ironía y ese punto pícaro que siempre encuentra sitio en la tradición. Hubo jotas de todos los colores, incluido el rojo, y de todas las edades. Savia nueva de mayo en la rondalla, con dos joteras de menos de diez años.

La Plaza del Ayuntamiento, llena de vecinos, familiares y visitantes, compartió después dulces y limonada. El Ayuntamiento, con Carlos Largo, Daniel Cano y Sergio Fuente, junto a numerosos voluntarios, repartió más de 1000 rosquillas, 700 palmeras y 50 litros de limonadas fresca, que apenas duraron un suspiro en bandejas y jarras. Fue una de las fiestas más concurridas de los últimos años.

A partir de ahí, la música echó a andar por las calles. Comenzó el recorrido por las cruces de Monjas, Altozano, Rojos, Pilarejo, Cuatro Caños y Fuenperennal, en un ir y venir de coplas, saludos y encuentros.

En la Cruz de las Monjas, María de las Mercedes Jabonero resumía la filosofía de la fiesta con humor y sabiduría popular al asegurar que el secreto de su energía está en «lavarse la cara en la Fuente de San Avero» y recordaba que estos días sirven para que «los pastraneros salgamos a visitar las cruces, a hacer la comida entre los vecinos y a pasárnoslo bien por la noche»

En el Altozano, Juan Manuel Sánchez hablaba de herencia compartida «son tradiciones que vienen desde nuestros abuelos, pasaron a nuestros padres y nosotros intentamos que nuestros hijos puedan continuarlas»

En Los Rojos, Cecilio Castaño definía la celebración como «una hermandad del barrio» y recordaba que «los vecinos no nos juntamos así en todo el año prácticamente nada más que en estas fechas»

El Pilarejo mostró la fuerza de la renovación. Jesús Jiménez explicaba que la tradición ha vuelto a crecer gracias a la gente joven «ha vuelto a renacer» hasta reunir a decenas de vecinos en torno a la cruz, la lumbre y la comida compartida.

En la Plaza de los Cuatro Caños, Juan Julián Henche recordó que la cruz se recuperó el año pasado después de 62 años sin hacerse. Allí, entre fotografías antiguas, flores, cuadros y recuerdos de infancia, explicó que «nos juntamos en familia, viene gente desde Madrid y desde otros pueblos, y estamos recordando cosas de niños»

Y en Fuenperennal, sin necesidad de palabras, bastaba el ambiente para entender que la tradición sigue viva allí donde hay vecinos dispuestos a sostenerla.

Las Cruces de Mayo de Pastrana son fiesta religiosa y vecinal, altar y calle, memoria y convivencia. Algunas cruces permanecen todo el año en sus fachadas y otras se levantan para la ocasión, pero todas comparten el mismo gesto antiguo de adornar mayo con flores, música y comunidad.

Así volvía Pastrana a celebrar una tradición que no se mira desde fuera, sino que se vive en la calle, entre coplas, lumbre, dulces, limonada y vecinos que, al llegar mayo, vuelven a encontrarse alrededor de su cruz, de la lumbre, de la alegría compartida y de la fiesta en la calle.

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