Cuando un niño dice “no quiero ir al colegio” y baja la mirada, no siempre es pereza. A veces es terror, vergüenza o la certeza de que, al cruzar la puerta, volverá a ser invisible, humillado o señalado.
El acoso escolar ya no solo ocurre en el patio. Ha colonizado los móviles, las redes y las noches de nuestros menores. Una burla que se repite, una foto compartida sin permiso, un grupo donde se decide quién vale y quién no. Heridas que no siempre dejan moratones, pero que rompen por dentro.
El cuerpo lo paga: dolores de cabeza constantes, problemas digestivos, insomnio y fatiga crónica. El estrés sostenido altera el desarrollo cerebral en edades críticas. La ansiedad, la depresión y la pérdida de autoestima se instalan. En los casos más graves, aparece la idea de que desaparecer es la única salida.
Esto no es “cosa de niños”. Es un problema de salud pública que seguimos tratando como anécdota.
Confiamos en protocolos que se quedan en el papel y reaccionamos tarde, cuando el daño ya está hecho. Miramos hacia otro lado ante las “bromas” o el “siempre ha pasado”. Ese silencio adulto es también violencia: deja sola a la víctima y enseña al agresor que puede continuar.
El ciberacoso ha multiplicado la crueldad: ya no existe refugio. El tormento persigue a los menores hasta su habitación, incluso de madrugada.
Sabemos cómo prevenirlo, pero no actuamos con la urgencia necesaria. Falta educación emocional desde edades tempranas, acompañamiento psicológico accesible, alfabetización digital real y, sobre todo, valentía adulta para intervenir.
No se trata solo de castigar al agresor cuando el caso estalla. Se trata de construir entornos donde el acoso no sea posible, donde la diferencia no se castigue y donde pedir ayuda no sea signo de debilidad.
El acoso escolar no es un rito de paso. No “te hace más fuerte”. Es una herida profunda que, si no se cura a tiempo, marca de por vida.
Sin embargo, aún hay esperanza. Hay docentes que se dejan la piel, familias que no bajan los brazos, menores que encuentran la fuerza para contar su historia y administraciones que comienzan a entender que la salud mental infantil no es un lujo, sino una obligación.
La pregunta que debemos hacernos es incómoda: ¿vamos a seguir mirando hacia otro lado hasta que duela en nuestra propia casa? ¿O vamos a decidir, de una vez por todas, que al colegio no van a aprender a sufrir sino simplemente a vivir?
Porque cada niño que sufre acoso no solo pierde su infancia y, como sociedad, perdemos parte de nuestra humanidad.
Dra. Ascensión Palomares Ruiz, catedrática y presidenta de la Asociación Europea “Liderazgo y Calidad de la Educación”











